Artículos del día 27 de septiembre de 2008

Miguel rockero

Miguel estudió Telecomunicaciones con aprovechamiento y excelentes resultados. Después se pasó un año en Berlín, en cuya Technische Universität realizó y presentó su trabajo de fin de carrera. Ahora trabaja en lo suyo, aunque lo suyo de verdad son los inventos y la música. Miguel trabaja para poder hacer lo que realmente le gusta. Según él, es un tributo que tiene que pagar y paga.

El viernes por la mañana estuvo hablando con su padre sobre el principio de incertidumbre formulado por Heisenberg y el lugar de Dios, en cuanto Ser, en la ciencia. Miguel está con los científicos que no quieren ningún Dios —léase postulado a priori— en su parcela. El acontecer, al acontecer, da lo que es; no hay nada más. Pájaro bobo le pregunta si podría ocurrir o acontecer que, una vez los científicos hayan reconstruido mentalmente el universo, si es que lo consiguen, se encontraran con que no hay  una respuesta válida y tuvieran que  seguir adelante o empezar de nuevo, sin Dios o con Dios.  Miguel se echa a reír… «Lo pensaré, lo pensaré…»

Por la noche, Miguel se viste de rockero y actúa con su grupo en un local que lleva el simpático nombre de «La Sedeta» en honor de una antigua fábrica textil. El inventor, ahora muchacho, se disfraza (se ha dejado barba para el evento), toca la guitarra y canta o hace  algo parecido. Le acompañan un colega y una colega. Aplausos, gritos y bullicio, todo dentro de un orden. Su madre y yo estamos pasmaos. Tenemos un hijo al que no conocemos.

Curiosamente, Miguel, ese desconocido, se mantiene en equilibrio por encima de su entorno. El entorno le respeta y espera la sorpresa. Sus padres están sobre aviso.

El empresario que soñaba números

Pájaro bobo trabajó en una editorial durante un período de tiempo equivalente a un cuarto de su vida, suponiendo que llegue a los cien años. Su propietario era un señor catalán muy trabajador, muy honrado y muy religioso. Había empezado con un diminuto taller y, a fuerza de tesón y sacrificio, había llegado a crear un pequeño gran imperio económico, una especie de holding que abarcaba casi una docena empresas, todas del mismo ramo. Y, claro está, todas controladas personalmente por él.

En la editorial, con sus múltiples ramificaciones, Pájaro bobo encontró un campo adecuado para poner en práctica sus conocimientos y, por supuesto, acrecentarlos. Y lo hizo. Renunció definitivamente a sus aspiraciones de escritor en primera persona y se concentró en su trabajo, un trabajo que le permitió no sólo ganar dinero —el empresario siempre fue muy generoso con él– sino también y sobre todo acumular conocimientos. En veinticinco años, además de dar a sus dos hijos una formación de corte europeo, Pájaro bobo leyó tanto como tres o cuatro personas juntas y se hizo con habilidades  equivalentes a las de otras tantas. Sin darse cuenta, incluso a pesar suyo, se había convertido en un hombre rico o casi rico en pecunia y en eso a lo que se llama convencionalmente cultura. Una mañana  Pájaro bobo se levantó y cayó en la cuenta de que era un archivo.

Con el tiempo, el buen empresario, más padre y patriarca que amo y patrono, le honró con su amistad y, tras confesarle secretos de diversa índole, hizo de él algo así como su consejero y asesor. Pájaro bobo le ayudaba en lo que podía y, a pesar de que era casi veinte años más joven que él, le ofrecía su consejo en aquello que, de acuerdo con su leal saber y entender, consideraba provechoso para sus negocios. Su esquema era muy sencillo: orden general y saneamiento del imperio económico por parcelas. No era fácil. Y, de hecho, no resultó fácil, pues  la composición del complejo empresarial-familiar era prácticamente laberíntica, ya que había nacido y crecido por acumulación, sin planificación ni estructuración, al menos  por lo que Pájaro bobo pudo ver y llegar a saber.

Por todo ello y porque las actividades eran muchas y estaban muy diversificadas, las cosas empezaron a ir de mal en peor, mientras los problemas aumentaban. Para colmo, el buen hombre era muy dado a los parches. Tratamiento médico-económico medicamentoso.

Un día, Pájaro bobo le llamó por teléfono, y el buen empresario, ya anciano y abatido, le soltó a bocajarro: «Sueño números (somio números). Las palabras le quedaron grabadas en la mente hasta que, años después, él se convirtió en economista o, si se prefiere, en administrador full time del clan familiar y sus haberes.

Ahora, en su nueva y postrera actividad, Pájaro bobo también sueña números, pero sólo a ratos, no continuamente. Por fortuna para sus administrados él tiene orden en la cabeza o, lo que en su caso es igual, en las ideas y en las cosas.

Aun así, alguna vez a Pájaro bobo le asalta la sombra de su vieja y secreta ambición y se pregunta qué habría sido de él, de su mujer y de sus hijos si en el momento crucial hubiera decidido dedicarse a escribir en primera persona.

Una cosa parece cierta. Si no lo hizo fue en buena medida gracias a la intervención de aquel empresario que soñaba  números.