Declaración/no declaración de independencia de Cataluña: fraude de ley

Para  mí,  que,  como he dicho en varias ocasiones,  no soy jurista, la declaración/no declaración de la independencia de Cataluña por parte del presidente de la Generalidad, señor Puigdemont,   constituye un fraude de ley   flagrante, pues entiendo que hay  razones sobradas para afirmar que dicha declaración/no declaración de independencia  está pensada y ejecutada con  el propósito deliberado de burlar la ley y engañar por igual a legisladores y legislados o, lo que es igual, la Constitución vigente en España, sus autores y sus destinatarios.

La destrucción de España

Considero que, a lo largo de los últimos cuarenta años, los sucesivos gobiernos de España han venido dirigiendo y financiando no sólo la independencia de Cataluña sino también y sobre todo la destrucción de España en su conjunto.

Me temo que, si no se produce una reacción suficientemente rápida y enérgica por parte de los españoles, la tragedia se va a consumar para desgracia de España y vergüenza de sus hijos.

La muerte de España se decidió cuando se acordó la implantación del llamado Estado de las autonomías, una muerte  que, de acuerdo con el programa fijado entonces, se está realizando por etapas y parcelas.

Tres formas de catalanización

Entiendo que España y los españoles están sometidos desde hace varias décadas a tres formas básicas de catalanización  progresiva e inexorable.  Con un poco de imaginación, las dos primeras  pueden explicarse  aplicando el análisis, convenientemente adaptado,  que Karl Marx hace del ser humano en la historia, campo en el que, según el judío de Tréveris, éste actúa -¿simultáneamente?- como sujeto y objeto, toda vez que, de una parte,  la vive y, al vivirla, la crea y  escenifica, mientras que, de otra parte, es materia esencial de la historia entendida como estudio y conocimiento empírico.

El ser humano como sujeto de su Dasein en cuanto vivencia y objeto de su actividad cognitiva en cuanto cosa pensada (gedachte Sache).

La tercera forma de catalanización de España y los españoles tiene, a mi entender,  una interpretación cabal en la doctrina de Antonio Gramsci sobre hegemonía de las clases dominantes,  toda vez que el plan -¡la conjura!- del secesionismo catalán en su última etapa, o sea, la que arranca de la llamada transición democrática y llega hasta hoy mismo,  sigue siendo esencialmente  un movimiento burgués y sólo en  apariencia y a guisa de disfraz pretendidamente legitimador un proyecto nacional o nacionalista.

De hecho, en él no hay espacio para la  masa obrera ni siquiera como coartada o elemento decorativo por la sencilla razón de que la masa obrera aquí residente ni es catalana ni se siente catalana ni es tenida por catalana a efectos democráticos. (Véanse las elecciones autonómicas y estúdiese el desglose social de sus votos.)

En definitiva estamos ante un movimiento  supranacional dirigido y protagonizado por élites burguesas  que, al tiempo que exigen la independencia de Cataluña por medios ilícitos y, sobre todo, con fines contrarios a los intereses y los derechos de la sociedad en su conjunto, se han propuesto parasitar progresivamente  las instituciones del Estado anfitrión hasta monopolizar la gestión de sus resortes de poder y sus instancias de representación democrática, desde la economía hasta los medios de comunicación, desde la Generalidad y el Parlamento autonómico hasta los partidos políticos,  para controlar ipso facto  la sociedad  civil, que es su objetivo capital. 

La primera forma de catalanización se inicia en el momento en el que los separatistas catalanes empiezan a protagonizar, dirigir y condicionar  la actividad política y social de España y los españoles, sin dejar de promover, de manera más o menos encubierta, siempre desleal,  la segregación de esta región española, que, de acuerdo con su programa de ingeniería sociopolítica, deberá ser   sucesivamente una comunidad autónoma con estatuto, una nación sin Estado y, por último,  una república independiente.

En la segunda forma de catalanización, programáticamente posterior a la primera y consecuencia poco menos que obligada de ella,  vemos que Cataluña y los catalanes se han convertido en objeto prioritario de las preocupaciones de los españoles por sus ataques, siempre dolosos e insolidarios, a la unidad y la integridad territorial de España, así como a la convivencia de sus ciudadanos, dentro de un plan táctico-estratégico basado en la intriga permanente.

Tras la muerte de Franco y la extinción del franquismo como régimen político e ideología, los españoles queríamos dejar definitivamente  atrás la guerra civil con todas sus secuelas  y construir un país moderno en convivencia, mientras que para los separatistas ese momento fue el punto de partida de un plan que  en última instancia  buscaba y sigue buscando la destrucción de España y su posterior parasitación por parte de élites burguesas mayoritariamente catalanas.

Está por ver si, de acuerdo con el programa elaborado por los secesionistas y sus aliados de una presunta izquierda radical y/o anarcoide,  la parte, que es Cataluña,  terminará devorando al todo, que, según su hoja de ruta,  ya no será España ni se llamará España.

En cualquier caso, los separatistas catalanes quieren un tipo  de independencia de acuerdo con la  cual Cataluña será soberana e independiente de España, mientras que España, tras perder su soberanía y sus estructuras de Estado, pasará a depender de Cataluña. En ese supuesto, los catalanes serán a la vez ciudadanos catalanes y españoles de pleno derecho, en tanto que los españoles serán sólo ciudadanos españoles y, en consecuencia,  les estará prohibido terminantemente ocupar cargos de cierta relevancia y responsabilidad en la  Administración pública de Cataluña, cosa que, por cierto, ocurre ya ahora.

La tercera forma de catalanización, síntesis de todas ellas, mencionadas o no mencionadas aquí, está teniendo lugar en el ámbito de la comunicación verbal y la actividad sociopolítica.

Dada su autoconciencia de minoría perseguida y oprimida, los separatistas catalanes han venido utilizando su lengua a lo largo de los tiempos no sólo como medio de comunicación sino también de ocultación. Por eso, sus mensajes constan por lo general de una parte explícita y una parte implícita o sobreentendida (Tu ja m’entens).  Así ocurre sobre todo en el ámbito de la política, donde domina la encriptación de los discursos merced a un baile continuo que va de la elipsis a la ambigüedad pasando por el equívoco.

Últimamente, todos hemos podido comprobar que las continuas llamadas al diálogo formuladas por los representantes de la Generalidad eran en el fondo burdas y conocidas estratagemas para eludir la mención de la Ley y, en última instancia, su cumplimiento.

Diálogo = negociación = transacción = fraude de ley = invalidación de la Constitución española = declaración de la República de Cataluña = imposición de la legalidad catalana.

Estamos ante modos de hablar y actuar caracterizados por la aversión a la transparencia y el apego -¿patológico?- a formas  de deslealtad institucional tan denigrantes como inadmisibles. ¡Palabra de rey!

Y, a propósito, ¿cómo se dice deslealtad en catalán?

El abad de Montserrat blasfema en sueños

Imagino que el abad de Montserrat sueña y en sueños blasfema: “Pido una solución a la crisis catalana sin traiciones”.

Insolvencia de la Generalidad y fuga de empresas

Entiendo que la fuga de empresas que se registra estos días en Cataluña  no se debe a  la declaración de  independencia en sí misma sino a la insolvencia económica de la Generalidad como promotora y, en definitiva, responsable del proyecto.

Las empresas, con la banca a la cabeza, se rigen por criterios económicos, no políticos.

Última maniobra de los separatistas: tensar la cuerda y esperar

Me inclino a pensar  que, tras su  última maniobra, maniobra con visos de farol y alarde de osadía, los separatistas han decidido esperar a ver por dónde sale el Gobierno opresor. La idea ahora y siempre es engañarlo y para ello lo más seguro es jugar a la contra.

Se trata, pues, de tensar la cuerda hasta el mismísimo límite y esperar a ver cómo reacciona Rajoy y, sobre todo, estar atentos a sus errores. A partir de ahí se monta la bronca y ya hemos ganado, ¿verdad, Rahola?

¿Que Rajoy no reacciona? Pues muy bien, seguimos adelante con nuestra hoja de ruta. En ella están previstos todos los escenarios posibles, incluido el de una guerrilla urbana y una economía de guerra. Nuestro general en jefe se llama Josep Lluis Trapaire,  especialista en huidas y traiciones.  Él solito puede acabar con todos los guardias civiles de España metiéndolos en una encerrona por orden de la Generalidad.

Y si hace falta, sólo tiene que llamar al Mosad.

¿España a merced de los traidores?

En estos momentos me inquietan más la cobardía y la deslealtad de Mariano Rajoy en su condición de  jefe del Gobierno de España  que la perfidia y la doblez de Carles Puigdemont y Oriol Junqueras en cuanto  líderes del movimiento independentista catalán.

Desde hace algo así como cincuenta años vengo siguiendo la actividad política de los separatistas y me atrevería a decir que sé de qué son capaces y de qué no son capaces. Lo suyo es la intriga permanente y  sistemática o, si se prefiere,  el juego sucio en todas sus formas. En ese terreno son poco menos que invencibles y con toda seguridad irreductibles. A mi entender, la táctica de la puta i la Ramoneta es su máxima aportación a la historia de las ideas socio-políticas de Occidente por su condición de modus operandi universal.

En su ya larga actividad política, Mariano Rajoy ha puesto de manifiesto una manera de ser claramente proclive al distanciamiento preventivo de los problemas y a la espera paciente de su solución, ya sea por la intervención de otras personas o por la acción curativa y redentora del tiempo en su inexorable transcurrir.

Desde el momento en el que se vio inmerso en el turbio asunto de las cuentas del PP y los inherentes casos  de corrupción hasta el presente, en el que se ha visto enfrentado al desafío independentista catalán como jefe del Ejecutivo español, el gallego Rajoy ha buscado constantemente la protección que proporcionan el alejamiento del  fuego y el paso del  tiempo.

Pero ahora el fuego está ahí y el pobre Rajoy no puede huir, o, al menos, eso creemos.

Ante esta situación y dada mi incapacidad para comprenderla, formulo tres preguntas que me atormentan:

¿Nos oculta Rajoy información decisiva para el destino de España?

¿Ha suscrito Rajoy en cuanto jefe del Ejecutivo español acuerdos inconfesables con los secesionistas catalanes?

¿Qué fuerzas de dentro y fuera de nuestras fronteras, además de las conocidas y registradas,  están interesadas en la destrucción de España y llevan años y tal vez décadas  trabajando activamente en ella?

¿Fin de la dictadura separatista en Cataluña?

Considero que el reguero de importantes entidades bancarias y grandes empresas de diversa naturaleza que han decidido mudar su sede de Cataluña a ciudades situadas fuera de esta comunidad autónoma y, por lo tanto, fuera de la jurisdicción de la Generalidad constituye sin duda el golpe más duro asestado hasta ahora a la conjura independentista.

Golpe seco e instantáneo donde más duele, la butxaca.

A él se suma la macromanifestación celebrada hoy, domingo, en Barcelona por las fuerzas –partidos políticos, entidades cívicas y particulares– empeñadas en defender la unidad de España al amparo de la Constitución vigente.

Un éxito clamoroso en territorio enemigo.

La comunidad catalana de sentimiento español, siempre mayoritaria y siempre oprimida,  se ha apoderado por primera vez en muchos años de las calles de Barcelona, ha roto todas las mordazas que la condenaban al silencio y ha lanzado  su grito de rebeldía.

Un millón de personas, algo que probablemente un Oriol Junqueras no habría podido imaginar ni en la peor de sus pesadillas.

Se quebró la conjura y quedó al descubierto la dictadura implantada en Cataluña por las fuerzas separatistas, siempre minoritarias y siempre antidemocráticas.

Repito: siempre minoritarias y siempre antidemocráticas.

Cabe pensar que estamos en el principio del fin de la dictadura separatista de Cataluña.

Rajoy, valedor del separatismo

He llegado al aterrador convencimiento de que, Mariano Rajoy, nuestro indigno jefe de Gobierno, es un valedor activo y convencido del separatismo catalán.

Ignoro los motivos de su actitud, pero entiendo que, para combatir eficazmente al separatismo,  hay que apartar antes de su cargo a este protector de sediciosos.

Me temo que, si después del referéndum, siguió diciendo que no había habido referéndum, cuando se declare la independencia de Cataluña seguirá diciendo que no ha habido ni declaración de independencia ni independencia.

¿Ignorancia contumaz? ¿Perfidia invencible? No sé, pero estoy convencido de que el comportamiento de nuestro jefe de Gobierno puede ser fatal para nuestra patria, algo que no tenemos derecho a permitir.

Y, en cualquier caso, ¿qué oculta Rajoy a los españoles?

La hucha del tendero (la guardiola del botiger)

Parece ser que, tras el posicionamiento de la banca ante la independencia de Cataluña, las huestes secesionistas  están francamente decepcionadas y, dado su  atávico apego al dinero,  decididas a dejar a sus líderes por embaucadores.

Junqueras, eso no se hace. Puedes engañar o, al menos, intentar engañar una y mil veces a los españoles, tus enemigos de toda la vida y toda la historia, pero pretender engañar a tus propios seguidores, catalanes como tú,  hasta hacer que pierdan todos sus estalvis  (vulgo, ahorros) es inadmisible. Y, además, imposible.

¿Timo de la estampita  a la catalana?

Estoy convencido de que, a partir de ese momento, has perdido la guerra de la independencia con  todas sus batallas, golpes de mano, tretas y escaramuzas, pues no creo que a estas alturas de la película un botiger  de la barcelonesa barriada de Gracia vaya a entregarte su guardiola (hucha) en la confianza de que se la vas a devolver intacta y con sus correspondientes intereses dentro de treinta años.

Eso es somiar truites por partida doble.

En cualquier caso, si has practicado alguna sisa en nombre del procés o para el procés, yo te aconsejaría que fueras a confesarte con el abad de Montserrat, pues ese  seguro que te absolverá  de todos tus pecados y no te exigirá ni devolver la pecunia usurpada ni hacer propósito de enmienda.

Eso sí, lleva la senyera y el carné de bon català para que te identifique.