Algunos datos concluyentes de las elecciones catalanas

Jaume Barberà firma una colaboración publicada hoy, jueves, 25 de febrero, en La Vanguardia, órgano oficioso de la burguesía catalana, siempre atenta a los vaivenes de la política doméstica.

En ella, Barberà declara que en las elecciones del pasado día 14, a partir de un censo de 5.368.881 personas, votaron 2.874.610, lo que representa el 53,54% del total. No votaron 2.494.382, cifra equivalente al 48,46% del total.

Barberà hace constar asimismo que en dichas elecciones el 26,98% de los votantes se pronunció abiertamente a favor de la independencia de Cataluña.

Y, aunque  afirma que, en su opinión,  las elecciones fueron legales  y válidas,

me gustaría preguntar:

¿Fueron realmente legales y válidas?  Lo que diga la Ley.

¿Fueron realmente representativas y democráticas? Lo que diga la Ley.

¿Se pueden impugnar esas elecciones y sus resultados  por falta de representatividad y validez democrática? Lo que diga la Ley.

 

El bolchevique, la subalterna y el prosélito

El muchacho, de vena rebelde, incluso anarcoide, acumuló titulos académicos con la brillantez de una mente privilegiada y la ambición de alguien con autoconciencia  de  ser superior.

Del aula a los medios, de los medios, pero sin soltarlos, a la política. Y ahí sigue, siempre a la espera de su gran oportunidad, la oportunidad de su vida.

Yo le llamé el Bolchevique, que, ironías aparte,  me pareció pertinente y es palabra inscrita desde hace bastante más de un siglo en el  ideolecto familiar. Por lo visto, el primero en utilizarla fue mi abuelo materno, el tío Hermógenes, que tenía su predio en la Isla de Plasencia, junto al molino de Serrano.

En realidad, el tío Hermógenes se definió siempre como Bolchevique territorial y así quedó para la posteridad.

Fiel a su sino, el Bolchevique se convirtió muy pronto en un activista de palabra y obra (el líder perfecto), siempre en el ámbito de la extrema izquierda.

En 2014, con  36 años, fue nombrado secretario general de Podemos, partido que en noviembre de 2019 pasó a formar parte del Gobierno de España presidido por Pedro Sánchez.  Ahora el Bolchevique es vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030 del Gobierno presidido también por Pedro Sánchez, pero no se da ni por satisfecho ni por  vencido.

Oficialmente, la Subalterna vive de la pluma y debo confesar que, en mi opinión, no lo hace nada mal. Lo que ocurre o creo que ocurre es que, para bien o para mal, la criatura escribe al dictado y, en este caso, el dictador es siempre un miembro de la burguesía catalana y, por lo tanto, persona con posibles en pecunia, contactos e influencias.

Aquí y ahora,  la Subalterna es toda una influencer.

En cualquier caso, gracias a su habilidad con la pluma, la Subalterna, además de bien pagada, es miembro vitalicio del rovell de l’ou, término con el que se conoce y se reconoce la élite de la burguesía condal en este territorio.

Puedo imaginar que la mujer, aún relativamente joven y de buen ver, tiene sus ilusiones y sus aspiraciones, pero como se dice comúnmente: El que paga manda.

Lo cual no debe hacernos olvidar que a aquel que a buen árbol se arrima buena sombra le cobija.

El Prosélito. A pesar de que, en su nueva vida y en aras de su nueva identidad, el muchacho se ha esmerado y esmerilado asistiendo a  cursos y  cursillos de una prestigiosa universidad catalana, de la que ha recibido los correspondientes títulos, non honoris causa, es fácil ver que es un charneguete de barriada y última o penúltima generación.

Aun así, imagino que tiene buen oído musical y capacidad de adaptación, pero me atrevería a afirmar que habla un catalán de rodalies, detalle que puede malograr o al menos lastrar su carrera política y, muy concretamente, su cargo de portaveu de la futura República de Cataluña.

Evidentemente no sé si superará su condición de prosélito por decisión propia, pero la experiencia me dice que nunca será un sabra,   o sea, un miembro auténtico y legítimo del pueblo elegido.

 

Anomalías democráticas

Pienso que formar parte del Gobierno de España y pactar con personas y formaciones políticas que no sólo incumplen la Ley y desacatan la Constitución sino que incluso lo declaran  públicamente es una  seria anomalía democrática o, más exactamente, una agresión manifiesta a  nuestro Estado de derecho y como tal un delito gravísimo.

A mi entender, eso es lo que ha hecho y hace Pablo Iglesias, vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales del Gobierno de España presidido por Pedro Sánchez, cuando ha pactado y pacta con los independentistas catalanes.

¿Lo sabe? ¿No lo sabe?

En cualquier caso, considero que Pablo Iglesias debe responder de sus actos.

 

Dolo, caos, dictadura

Entiendo que el  doloso y en apariencia caótico  proceso que ha seguido la Cataluña institucional desde 1978, año del restablecimiento  de la democracia en España, hasta hoy responde a un plan, elaborado durante décadas,  que, a través de una ininterrumpida cadena de fraudes de ley, debe  conducir a esta región española con rango de comunidad autónoma dentro del Reino de España, según consta en su Estatuto (2006), a la condición de Estado soberano con  nombre de república.

Cataluña tiene hoy una población aproximada  de siete millones y medio de personas distribuida básicamente en dos comunidades sociolingüísticas: una comunidad de lengua catalana y sentimiento catalán, equivalente al 40% del total, y una comunidad de lengua española y sentimiento español, equivalente al 60% restante y residual (?).

Por extraño que parezca,  ese hecho no es recogido en ningún documento oficial de la Generalidad: ni en los controles de la población laboral elaborados por la Consejería de Trabajo ni en los controles de la población escolar elaborados por la Consejería de Enseñanza.

Para la Generalidad y sus incontables entes asociados, en Cataluña no existe hoy  una comunidad de lengua española con cuatro millones y medio de miembros,  su identidad y su lengua, sus derechos y sus deberes.

Desde los tiempos de la Transición,  la comunidad de lengua catalana, única existente aquí a efectos oficiales, ha venido copando y ocupando, una tras otra,  todas las instancias de decisión y representación de Cataluña,  hasta hacerse con el  control absoluto de su actividad pública e instaurar una dictadura catalanista cada vez menos encubierta o, si se prefiere, cada vez más invasiva y prepotente.

El resultado de la elecciones del 14 de febrero me dice que los catalanes acudieron a votar como quien cumple un rito (¿religioso, patriótico?), mientras los españoles optaron en su mayoría por una abstención con valor de rechazo y displicencia.

 

La muerte como experiencia y transición

Llegado a la vejez con su ineludible y progresivo repertorio de achaques, limitaciones y servidumbres, me ha parecido no sólo  conveniente sino incluso obligado empezar a pensar en la muerte como experiencia humana-ultrahumana y/o  transición física-metafísica.

Durante los años de vida plenamente consciente y activa mi gran preocupación ha sido España, cuyo presente y futuro he vivido con angustia.

Ahora, acaso más prosaico y egoísta, he decidido dedicarme a  poner orden en   mi cabeza, que es mi hogar,  y, siguiendo la propuesta de  don Miguel de Unamuno,  dejar  a  los muertos la tarea de enterrar a sus muertos.

¿Soy tal vez un representante trasnochado y traspapelado de la generación del 98 o será acaso que hay dos generaciones del 98 y, sin saberlo, yo pertenezco a la segunda, la de 1998?

También esta nos sitúa ante un desastre nacional, tal vez el último y definitivo.

En cualquier caso, Unamuno nos enseñó que hay tareas de muertos y tareas de vivos.

Me resigno, pues,  y, decidido a poner orden, empiezo por la economía, que,  según los griegos, es ley de la casa  y por lo tanto abarca todo lo que hay en ella y se hace en ella; en una palabra, su administración.

 

Muerte civil en Cataluña

Entiendo que, si la muerte civil consiste en la privación de los derechos civiles a una persona, en Cataluña, en cuanto parte integrante del Estado español, hay muchísimos  ciudadanos españoles que viven en situación de muerte civil.

¿Tengo que demostrarlo?

¡Pero si son millones!

¿Dónde está el Estado de derecho?

 

Por una nueva derecha española

Considero que la España profunda, representada  en lo social, en lo político y en lo económico  por Castilla,  también tuvo, ha tenido y tiene su burguesía.

Pero mientras las burguesías vasca y catalana comparecieron en la escena pública española, mediado el siglo XIX, con la llamada Revolución industrial, después de un largo y provechoso aprendizaje de sus precursores  como navegantes y navieros dedicados al transporte de materias primas desde las colonias, la burguesía castellana, cuyos orígenes se remontan a la Edad Media, toma cuerpo en la Edad Moderna como nobleza cortesana y funcionariado capitalino, nacional/estatal  y, llegado el momento, imperial.

Nobleza cortesana, funcionarial  y, mal que me pese, parasitaria, frente a las dos burguesías periféricas de navieros y  mercaderes, fundidores del hierro y  tejedores.

¿Iberos y fenicios?

El hecho es que, tal como yo lo veo y entiendo, la corte con su populoso servicio vive de renta y para ello la autoridad competente entrega el mercado peninsular en forma de concesión exclusiva  a los empresarios  vascos y catalanes.

En lo económico, la entente cordiale se mantiene básicamente durante un reinado tras otro,  pero a mediados del siglo XIX,  algunos catalanes ilustrados empiezan a pensar y escribir en su lengua como manifestación/expresión de una autoconciencia propia y diferenciada de la española.

Ha nacido el germen de lo que un día querrá ser  y llamarse la  República de Cataluña.

Superada la Guerra Civil (1936-1939) con sus incontables traumas, el catalanismo se organiza de acuerdo con la táctica que  mejor conoce y mejor le cuadra: la basada en la intriga furtiva y permanente. Acto seguido,  inicia su andadura.

Una andadura concebida como hoja de ruta y programa que, utilizando  a modo de hilo conductor el Derecho a decidir, debe impulsar el independentismo catalán y  llevarlo desde el Volem bisbes catalans de los años cincuenta del siglo XX hasta la República de Cataluña, prevista para una fecha situada entre  el 2020 y el 2025.  El objetivo final (y durante mucho tiempo secreto) es la suplantación de España por Cataluña en el ámbito peninsular y en el concierto de las naciones.

En ese contexto, la derecha nacida en el seno del franquismo y heredera de su legado arranca con una clara ventaja sobre los demás partidos, ventaja en forma de privilegios, muchos de ellos ilegítimos, que irá perdiendo,  nolens volens, con el afianzamiento del nuevo orden  legal  y la acción implacable de las formaciones rivales.

La derecha española encarnada en el Partido Popular que va de Fraga a Rajoy es hoy un cuerpo gravemente enfermo: o desaparece por causas naturales  o, probablemente, tendrá que enfrentarse a un futuro muy poco honroso.

Sus dirigentes más jóvenes llevan algún tiempo intentando  romper con el pasado –sus hombres y sus nombres, sus hechos y sus beneficiarios–, pero no sabemos si lo conseguirán y, en cualquier caso, si esa ruptura será real y suficiente.

Pensando siempre en lo que entiendo como bueno para España y los españoles, quiero imaginar que esos dirigentes políticos, libres de lastres ideológicos y biográficos, van a buscar el apoyo y la adhesión de las legiones  de trabajadores –desde operarios cualificados hasta emprendedores  y ejecutivos–  que sin duda va a reclamar el emporio económico surgido en Madrid y su entorno durante las últimas décadas y que quiero ver como una nueva tierra de promisión y por lo tanto como la prueba visible de que la España vacía hace tiempo que empezó a hundirse en el  pasado.

La España con la que sueño

Como me tengo por un ultraidealista o, si alguien lo prefiere, por un ultra idealista, sueño  ingenuamente con  una España asentada en dos partidos contrapuestos y recíprocamente compensados y  equilibrados:  un partido de izquierdas y un partido de derechas.

Dos partidos  leales   y  fuertes,  cada uno con su ideología y, por lo tanto, cada uno con sus propios intereses y su parroquia, pero los dos unidos, por encima de todo ello, por un sentimiento de pertenencia único y unitario, de acuerdo con el modelo  implantado hoy en las sociedades nacionales más avanzadas y progresistas de nuestro entorno cultural, social y político.

El hecho es que formamos parte de la civilización occidental con su manera de entender y organizar la vida social y la actividad política.

Fruto suyo es el actual Estado de derecho, que, según un criterio generalizado entre expertos y estudiosos, marca la cota más alta alcanzada hasta ahora por las sociedades nacionales en el ámbito de la vida comunitaria y la gestión pública de sus actividades, en especial la política, la económica y la estrictamente social.

¿Y entonces qué hacemos con nuestros odiosos y queridos separatistas?

Para mí la respuesta, incluida la solución del problema, es muy sencilla, pues viene dada en nuestra Constitución y quiero suponer que en la Constitución de todo Estado de derecho: «Al ciudadano o, lo que en este caso es igual, a todo ciudadano sólo se le puede exigir el cumplimiento de la Ley y el acatamiento de la Constitución».

Dime, Jordi, hijo de Jordi, ¿volverás a hacerlo?

 

¿Tres planes para una España nueva?

Entiendo que,  a partir del año 1978, con la instauración en España de un régimen político mínimamente democrático o, cuando menos, formalmente democrático, a los españoles se nos ofrecieron a priori tres maneras de configurar el ordenamiento político de lo que en lo sucesivo y respondiendo al espíritu de los nuevos tiempos iba a ser y a llamarse este país.

Plan constitucionalista o Plan Aznar

Plan socialista o Plan Pedro Sánchez

Plan catalán o Plan Iceta

Transcurridas más de cuatro décadas desde la fecha inaugural de la llamada Transición democrática (1978), me atrevo a afirmar que esas tres concepciones de nuestro ordenamiento político siguen vivas como sendas realidades sociopolíticas parciales, bien que sometidas en su conjunto  a una deriva que hasta ahora ha ido y  va inexorablemente del centro a la periferia, de Castilla a Cataluña, del constitucionalismo con sello del Partido Popular, representado por  Aznar, al catalanismo actual, insolidario y desleal, de Iceta, con el socialismo sui generis del ambicioso Pedro Sánchez como momento de un equilibrio siempre inestable y precario.

Ahora mismo  me inclino a pensar que Pedro Sánchez, con su autoconciencia de gran Estratega, está convencido de que terminará imponiéndose a sus rivales  de dentro y fuera de su ámbito  social y socialista, de izquierda y derecha, españoles y antiespañoles.

En definitiva –y siempre en mi opinión–, su objetivo es llevar a España y los españoles de la monarquía parlamentaria a lo que él considera una república realmente democrática.

Para ello  deberá imponerse antes, de manera contundente,  a los separatistas catalanes de Miquel Iceta, con sus infinitas argucias  y su irreductible deslealtad.

Por lo que sé,   la criatura, conocida en este predio como Perfidia Iceta, tiene capacidad para hacer mucho daño a los españoles, incluso para hundir a España en el caos social, político y económico (de hecho ya lo está haciendo), pero no de presentar un proyecto mínimamente aceptable en términos económicos y políticos a la sociedad, ni siquiera a la catalana.

¿Dónde están los caudales para financiar  la creación y puesta en marcha de una administración estatal catalana? ¿Alguien cree realmente que España va a pagar su propia destrucción y, acto seguido, su suplantación por la República de Cataluña?

Hoy por hoy creo  más bien que lo que los españoles deben hacer, y desearía que hicieran, es aprovechar las posibilidades  que ofrece la España vacía, incluso las franjas costeras, para reducir su dependencia del turismo y, en contrapartida,  aumentar el peso específico del trabajo realmente formativo y productivo.

El emporio económico creado en torno a Madrid  es un ejemplo a seguir. Ese emporio reclama ahora la colaboración de un personal que va desde operarios de diferentes profesiones hasta emprendedores y ejecutivos capaces de dirigir la nueva economía y explotar debidamente sus posibilidades.

Ya ahora, Madrid y su entorno superan en actividad económica a Barcelona e incluso a toda Cataluña.

Hacer de España un país atractivo en términos de oportunidades laborales es una manera inteligente de combatir el separatismo insolidario.

Eso significa para mí que el chantaje separatista está a punto de dejar de funcionar.

 

La monocatalanización de Cataluña dentro de la primera fase de la desnaturalización de España

Triunfo rotundo e inapelable del separatismo en las elecciones autonómicas de Cataluña, al menos tal como yo las interpreto.

Mi enhorabuena de corazón, que es mi enhoramala de corazón.

Los españoles optaron mayoritariamente por la cama.  Ni se enteraron de lo que estaba y está en juego, sencillamente la ruina de España.

Contra perfidia, indolencia.

Así las cosas, Salvador Illa hizo su campaña y los resultados dicen que acertó. Illa, el buen separatista, forma tándem con Perfidia Iceta y los dos juntos están a las órdenes de Pedro Sánchez, conocido en este predio virtual con el sobrenombre de  el Estratega.

Como representante genuino de la muy catalana política de la puta i la Ramoneta,  Illa se cuidará en esencia  de mantener un diálogo continuo y permanente con los separatistas de morro duro para que todo quede en casa y como asunto a tratar por catalanes y entre catalanes. Cosa nostra a casa nostra!

Título de la película: Separatista bueno contra separatistas malos.

Gracias a su biografía de eminencia gris del separatismo en sus diversas manifestaciones,  Perfidia Iceta tiene ahora a su cargo el control y la gestión de los territorios de la España profunda con la consigna  de primar, incentivar e impulsar las formas de regionalismo que, a partir de las comunidades autónomas, puedan rentabilizarse  como fuerzas desnaturalizadoras, desintegradoras y  desespañolizadoras.

La Envolvente catalana queda así supeditada a la tenaza socialista con Pedro Sánchez como gran Estratega. Por lo que sé y lo que intuyo,  el objetivo capital de este es llevar a España de la actual monarquía parlamentaria a una república según él auténticamente democrática y para ello el hombre se propone utilizar –léase engañar–  simultánea y/o alternativamente a separatistas y antiseparatistas, a  falsos socialistas y capitalistas auténticos;  dicho en pocas palabras, a todos los españoles.

¿Lo conseguirá?