Ciudadanos, partido ganador y con futuro

Me inclino a creer que el bloque constitucionalista ganará con holgura las elecciones del próximo día 21 y en Cataluña volverá a imperar la ley del Estado de derecho, después de décadas de criptodictadura separatista.

Tres elementos decisivos: la gestión de la campaña por parte de Albert Rivera y su equipo, el apoyo expreso  del empresariado catalán al bloque constitucionalista y su rechazo de la línea económica preconizada por los separatistas.

Lo que estos han hecho con aberrante obstinación es justamente lo que no hay que hacer para ganar unas elecciones y engrandecer el patrimonio ideológico de un colectivo con pretensiones de movimiento nacional: mentir y engañar ad  nauseam, y, por si fuera poco, entregar la dirección política pero sobre todo la llave de la caja de caudales a nuestros modernos anarquistas.

Creo que los separatistas van a perder estas elecciones, pero, más allá de todo ello, creo que ya han perdido su futuro como proyecto redentor (¿y utópico?)

Al menos, durante unas cuantas décadas.

En Ciudadanos veo un partido ganador y con futuro, un partido de gente joven, con una visión atractiva de la realidad española en su conjunto desde una perspectiva liberal, unitaria, a la vez ilusionada e ilusionante.

Y, como parece ser que el Partido Popular piensa seguir aferrado a su ideario y, en especial, a su pasado político, no es aventurado ver y prever que Ciudadanos está llamado a ser el partido de la derecha española, una derecha moderna actual.

Para mí, Albert Rivera es, hoy por hoy, el político español con más aciertos y menos errores en su haber.

A pesar de todo ello, algo me dice que los problemas para España y Cataluña con Rivera y sus muchachos vendrán a medio plazo; concretamente, cuando mande un Ciudadano en Barcelona y un Ciudadano en los Madriles.

Eso será con la segunda generación de Ciudadanos. Naturalmente, sólo si se cumple mi predicción.

Bueno, ya me lo contaréis.

La depresión de la burguesía

En El Mundo de hoy, 13 de diciembre, hay un artículo titulado La depresión de la burguesía, de Raúl Conde,   que, a mi modo de ver, conviene leer y estudiar, pues me parece  a la vez aleccionador y esclarecedor de la situación política  que se  vive desde hace años en Cataluña.  Y, por descontado, también en estos momentos.

Curiosamente, en su contenido el artículo coincide básicamente con la línea que el Insomne ha venido adoptando durante años en lo referente a la burguesía catalana y su posición ante el separatismo, desde su eterno juego de la puta i la Ramoneta hasta el tremendo e inconcebible error histórico que supone sucumbir una vez más (y ya van tres) a manos de los anarquistas, hoy llamados antisistema.

Por suerte para todos, incluidos los sediciosos republicanos de última hora, en esta ocasión esa burguesía, siempre leal a sus intereses, aún está a tiempo de rectificar y es más que probable que en las elecciones del próximo día 21 se imponga claramente el bando constitucionalista, apoyado ahora por los descendientes de las cuatrocientas familias históricas.

Lo contrario es poco menos que impensable para el español medio y, para ellos, totalmente inadmisible.

Españoles en Cataluña: ¿fin de la dictadura catalanista?

Por fin, la comunidad de lengua española y sentimiento español  de Cataluña ha cobrado conciencia política y presencia pública.

Quiero pensar que ese hecho va a constituir el principio del fin de la dictadura encubierta impuesta en esta región española por las minorías separatistas.

Una comunidad claramente mayoritaria y, a pesar de ello, silenciada, marginada  e instrumentalizada de manera absolutamente deliberada durante décadas por los impostores que han venido promoviendo la conjura/proceso independentista.

¿Van a rendir cuentas dichos impostores también por ese delito ante la Justicia?

Ada Colau, bisexual política

Entiendo que la señora Ada Colau podría reclamar también su condición de bisexual política, pues constantemente insiste en que ella no es separatista y, sin embargo, busca indefectiblemente  la compañía de los separatistas catalanes para apoyarlos, aunque, como es lógico, acepta apoyos de cualquier origen y procedencia.

A decir verdad, ahí  su bivalencia tiene igualmente una explicación doble. En primer lugar,  su actividad actual en Cataluña con intervenciones a uno y otro lado de la línea que hoy separa y divide a sus dos comunidades lingüísticas y políticas. En segundo lugar, sus conocidas intenciones de dar el salto a los Madriles en fecha no lejana  y desde allí implicarse abiertamente en la política española.

Moraleja: la bivalencia proporciona siempre un plus, y no sólo en la política catalana.

Cataluña: dictadura burguesa, irredentismo y sociedad abierta

Cabe pensar que en 1978, cuando se restaura oficialmente la democracia en España, los separatistas catalanes, dirigidos por representantes de la burguesía condal, tienen ya punto en su imaginación tanto el modelo de la Cataluña que quieren como la hoja de ruta que ha de llevarlos a la meta. Para ello aprovecharán desde el primer momento las muchas posibilidades/facilidades que les va a ofrecer, en esta nueva etapa histórica, el Estado de las autonomías.

Es un modelo que han elaborado, desarrollado y perfeccionado furtiva y sigilosamente durante el franquismo, desde dentro del franquismo y, en buena medida, con la ayuda (involuntaria) del franquismo, de cuya estructura orgánica esa burguesía había decidido formar parte el día mismo de la Victoria.

Alguien acertó a captar con agudeza el cambio social en curso y definió la entonces incipiente y prometedora Convergencia como la auténtica continuación social del franquismo bienhabiente y bienpensante.

El hecho es que, atenta a la nueva realidad socio-política, la burguesía catalana deja de ser nacional para declararse enfáticamente nacionalista y, acto seguido, inicia la construcción de un frente unificado que le va a permitir ocupar con personas y formaciones de su obediencia la mayor parte del espectro político regional y, simultáneamente, copar, una tras otra, todas las instancias de decisión y representación popular del nuevo ente autonómico. El resultado será la  implantación, a corto plazo, de una dictadura de estirpe burguesa y cuño marcadamente catalanista con una leve pátina democrática a modo de coartada legal y alivio de disidentes.

Estamos en el último tercio del siglo XX.

La sociedad de Cataluña está formada ahora por dos comunidades político-lingüísticas: una comunidad minoritaria y opresora de lengua catalana e ideología catalanista que ocupa la parte superior del espacio socio-económico, y una comunidad mayoritaria y oprimida de lengua y sentimiento españoles que subsiste en la parte inferior de ese mismo espacio, a pesar de que su existencia ni ha sido ni será reconocida en momento alguno por las autoridades autonómicas.

Con el paso del tiempo y en alas del autogobierno, la comunidad de lengua catalana no sólo acaparará la inmensa mayoría de las instancias autonómicas de decisión sino que incluso se arrogará en exclusiva la representación democrática y oficial del pueblo de Cataluña y llegará a pedir (¿exigir?) su independencia respecto del Estado español en nombre de todos los catalanes. Evidentemente, para sus dirigentes políticos en Cataluña no existe -en realidad, no ha existido nunca- una comunidad de lengua española, como no existen partidos políticos netamente españoles y, mucho menos, niños de lengua materna española.

De acuerdo con el plan estratégico y la hoja de ruta de los futurólogos y programadores del nuevo Estado, esa dictadura burguesa, dogmáticamente catalanista, debía constituir la rampa que facilitara la proyección del país y, llegado el momento, le permitiera acceder a la independencia por la democrátisima vía de la intriga sistemática (conocida en vernáculo como vía de la puta i la Ramoneta).

Pero hoy sabemos que la proclamación de la República Catalana, tramada y/o escenificada en los aledaños del Parlamento autonómico con fecha del 27 de octubre de 2017, fue un fracaso total, habida cuenta de que, además  de no conseguir ninguno de los ambiciosos objetivos perseguidos por sus valedores/promotores, permitió al Gobierno estatal actuar de jure y pro jure en Cataluña para adoptar medidas como cesar a los miembros del Govern, suspender temporalmente la actividad del Parlamento autonómico y detener cautelarmente  a los dirigentes políticos más conspicuos, influyentes y peligrosos.

Así, pues, deslealtad institucional, prevaricación y sedición  entre otros varios delitos graves y/o muy graves.

Además, el comportamiento de los prevaricadores y sediciosos, en especial el de los cabecillas, alcanzó tal grado de indignidad y vileza que, a mi modo de ver, desautorizó y deslegitimó no sólo a los promotores directos de la República Catalana sino también, y de manera especial, al catalanismo independentista en su conjunto, o sea, visto como movimiento político-social e histórico, al que por mi cuenta y riesgo no tengo reparo en condenar aquí y ahora a esa forma de ostracismo perpetuo conocido con el nombre de irredentismo (1).

Afortunadamente, la presencia de más de un millón de personas con banderas españolas en las calles de Barcelona, como respuesta a tanta irracionalidad  y tanto desvarío, me lleva a soñar que el próximo día 21 en Cataluña se cerrará el ciclo de una dictadura que sigue amenazando con llevarnos a la ruina económica a través del caos social y se iniciará el ciclo de una sociedad abierta, asentada en el Estado de derecho.

(1) En este caso concreto entiendo por irredentismo la situación de colectivos humanos -naciones, pueblos, grupos étnicos, minorías lingüísticas y/o religiosas, etc.- que hasta el momento presente no han conseguido un estado propio e independiente. Durante mucho tiempo se consideró que, de acuerdo con una maldición bíblica, el pueblo hebreo estaba condenado al irredentismo, pero lo cierto es que en 1948 fundó el Estado de Israel, que hoy es una realidad plenamente consolidada. En la actualidad es frecuente presentar al pueblo kurdo como ejemplo de irredentismo vivo y combativo.

¿Bastará con aplicar la ley para reducir a los separatistas?

En mi opinión debería ser suficiente. Para ello el Gobierno español deberá aplicarla con acierto, firmeza y persistencia, sin ablandarse ni dejarse arrastrar al ámbito del juego sucio y la intriga permanente, en el que los separatistas catalanes son invencibles y sobre todo irreductibles.

Ese es su elemento y su alimento.

Lamentablemente, esos separatistas tienen un plan para acabar con España, mientras que los españoles no  tienen un plan para acabar con el separatismo.

Para mí eso significa entre otras cosas que,  en el supuesto de que caiga derrotado, el separatismo  subsistirá,  se rehará y a la postre se rehabilitará.

Para ellos cada derrota (parcial y aparente) es en realidad un avance.

Entiendo que a los españoles les falta espíritu de lucha y sentimiento patriótico.  Esta guerra no les va.

Aun así, espero que Rajoy no ceda y defienda la ley y su cumplimiento como debe.

Y que Europa le respalde.

Rajoy en Cataluña

Considero que el PP tuvo su oportunidad en Cataluña. Fue hace años, con Vidal-Quadras en la dirección regional del partido. El astuto Jordi Pujol vio el peligro y, ni corto ni perezoso, exigió a Aznar que se lo quitara de encima y se lo llevara lejos de Cataluña.

Aznar obedeció para poder gobernar. Ese fue el precio, que sepamos.

Desde entonces, en Cataluña, el PP no sólo no ha levantado cabeza sino que incluso ha retrocedido peligrosamente. Su situación actual es lamentable.

Y no parece que la visita electoral de Rajoy vaya a contribuir a mejorarla.

Creo que el PP de hoy  debería liberarse definitivamente de la corrupción heredada y actualizar  tanto su política de propaganda como sus relaciones con los medios de comunicación y la sociedad en general.

El camino que lleva no parece muy prometedor.

El día 21 votaré al PP de Xavier García Albiol.

Margarita y el presente eterno

Margarita aparece ahora en mi futuro,

que, cuando llegue, será mi vida y mi pasado,

pero yo quiero vivirlo como el presente eterno

de un corazón agradecido y enamorado.

¿Se puede ser independentista y buen católico?

Días pasados, el diario La Razón publicó una entrevista en la que el cardenal Antonio Cañizares, respondiendo a una pregunta de su interlocutor, afirmaba  en términos más bien taxativos que no se puede ser independentista y buen católico.

Se refería claramente a Cataluña y el caso catalán, en el que me siento implicado por partida doble: como español y como víctima de la opresión separatista.

Aun así, mi respuesta es:

Sí, se puede ser independentista y buen católico. Basta con respetar  los preceptos de la Iglesia y  las leyes del Estado de derecho, procurando no hacer nada que atente contra la moral por acción u omisión.

Entiendo que, desde hace décadas, Cataluña está sometida a un régimen opresor que niega la libertad de culto a los ciudadanos de lengua española y a los hijos de esos ciudadanos el derecho a recibir toda la enseñanza, incluida la religiosa, en su lengua materna y como lengua materna.

En mi opinión, todo aquel que forma parte de un régimen opresor y/o lo apoya voluntaria, deliberada y activamente no es ni un buen católico ni un buen ciudadano.

Y aquí no caben añagazas y subterfugios.

Cataluña: estigma y destino

A mi modo de ver, los responsables del proceso secesionista catalán han alcanzado en los últimos meses niveles de indignidad y vileza en la gestión de los asuntos públicos que no tienen parangón en la historia reciente de Europa, incluida, claro está, la península Ibérica.

Parece imposible mentir tanto, con tanto descaro y con tan poco provecho propio.

¿Espejo y modelo para los ciudadanos de la República de Cataluña, empezando por sus escolares?

Yo los veo más bien como enemigos de Cataluña, pues en ellos se manifiesta una disparatada e irracional amalgama de perfidia e ignorancia.

¿Resultado previsible? El descrédito como estigma, el irredentismo como destino.