Anna Grau, la artista catalana de las dos lenguas

Diría que la mujer es toda una artista con la lengua. Diría incluso que ahí, en el ámbito de la lengua o, si se prefiere, de las lenguas, la mujer luce sus encantos y recursos prêt-à-porter, que son muchos. Diría incluso que la mujer, ayer doncella o, por mejor decir, pubilla, esbrina en cantidad.  Y, cuando coge la onda, no hay quien la pare.

Y, que yo sepa, ni quien la iguale, de momento.

Lo suyo es un condumio o potaje gramaticalmente inmundo pero con caliu, al menos para alguien que como yo chamulla un catalán de rodalies.

Con ello no quiero ni pensar ni decir que la buena mujer, nunca señora en el ámbito de las lenguas, se entregue al fácil y socorrido juego de la puta i la Ramoneta, pues considero que lo que ella hace es situarse por encima de las normas de nuestra docta Institución y, allí, montar su propio chiringuito de quincalla y baratijas lingüísticas, literarias, sociales, políticas, actuales y marginales en un revoltijo infame…

O sea, una enteradilla con inquietudes intelectuales y olfato para la pasta gansa.

Pero el caso es que la buena mujer, nunca señora en el salón de la gramática, lo vende todo, y lo vende a los de derechas, a los de izquierdas, a los burgueses catalanes separatistas y, para no ser menos, a los burgueses de la Meseta, otrora terratenientes.

En pocas palabras, la buena señora empezó escribiendo para Avui, marca del separatismo catalán de ayer, y hoy lo hace -supongo que con idéntica fruición y entrega- para ABC, diario que ha sido y es de todos los españoles.

 

Nueva normalidad

Nombre aparte, el hecho cierto es que, a juzgar por multitud de indicios y señales de diversa índole, la humanidad está a punto de culminar un salto cualitativo de consecuencias en parte previsibles y en parte imprevisibles, muchas de ellas acaso decisivas e irreversibles.

Atrás quedarán la pandemia del coronavirus y la hibernación económica, amén de sus incontables secuelas, convertidas todas ellas para siempre en historias de la historia.

Imagino que un día de estos despertaremos y nos encontraremos con una nueva normalidad, y, aunque siempre es arriesgado hacer pronósticos, me inclino a imaginar que el orden social  implantado por la nueva -¡nunca última y definitiva!- normalidad estará marcado, más pronto que tarde, por fenómenos sociales como el teletrabajo, las actividades individuales y colectivas on line, la práctica desaparición del cash y su suplantación por una tarjeta universal, infinitamente más práctica, y medidas de diversa índole pero todas ellas presididas por la globalización, la informatización y, en última instancia,  por el internet de las cosas y, en un sentido más amplio y ambicioso, por una realidad virtual que en estos momentos no consigo vislumbrar en qué puede consistir y no consistir.

No obstante, ya ahora puedo pensar en viajes y desplazamientos virtuales.

Y, en un plano estrictamente personal, confieso que  me considero un pionero del teletrabajo, pues a principios de los años setenta del siglo pasado empecé a trabajar como traductor, corrector y redactor para una editorial barcelonesa, a jornada completa.

Claro que entonces la cosa se llamaba simplemente trabajo a domicilio.

 

Pacto de Estado PSOE, PP y Cs para empezar

En estos momentos propongo y propugno un Pacto de Estado PSOE, PP y Cs para impedir que España caiga definitivamente en el caos y, a partir de ahí,  en la inexistencia, y, por el contrario,  inicie una línea política y social basada en la unión que nace de la lealtad,  sólo de ella, para encarar el presente y el futuro inmediato como una sociedad solidaria, egoístamente racional y racionalmente egoísta.

Si otras sociedades nacionales lo han hecho y/o lo están haciendo, ¿por qué no podemos hacerlo los españoles como sociedad, como nación y como pueblo?

¿Acaso entre nosotros  son más los que quieren destruir toda convivencia pacífica, constructiva y racional que los que creen en ella y la defienden o deben defenderla?

Entonces, ¿por qué entre nosotros las fuerzas irracionales y antidemocráticas se imponen a las fuerzas racionalmente solidarias y realmente democráticas?

¿Por qué entre nosotros se destruye más que se construye?

¿Son más los que destruyen que los que construyen?

Creo que no. Sinceramente creo que los que destruyen son y han sido siempre menos, bastantes menos,  pero ahora y siempre han sabido organizarse mejor, y, por encima de todo, han sido siempre más activos y eficientes.

¿Hay, por ejemplo, en el bando español algo equiparable en términos de eficiencia a la perfidia de un separatista catalán?

 

Oriente Próximo: enfrentamiento, pandemia y hambruna

Oriente Próximo es una zona geográfica castigada por enfrentamientos raciales  que se vienen prolongando durante siglos sin conocer ni un fin ni una solución.

¿Maldición bíblica?

Eso es lo que personalmente me parece la rivalidad que mantienen árabes y judíos en torno a Palestina. Para colmo, a esa rivalidad se  suma ahora la amenaza del coronavirus y sus ramificaciones.

¿Cuáles serán las consecuencias de la pandemia en el mundo y, concretamente, en esa región?

Ya de entrada podemos decir, sin conocerlas, que serán siempre consecuencias negativas. Y también que el mayor de los males para las poblaciones afectadas no vendrá directamente de la pandemia sino de la hambruna que con toda seguridad traerá consigo una situación de caos generalizado en la región.

A partir de ahí podemos preguntarnos: ¿Hacia dónde camina la humanidad?

 

El virus en los mataderos alemanes y en los territorios españoles

La acumulación de infecciones por coronavirus en los mataderos alemanes ha hecho que las autoridades fijen la atención en las condiciones laborales de todo el sector industrial, al tiempo que Hubertus Heil, ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, ha anunciado la inmediata adopción de medidas aún más severas para poner fin a la situación.

Mientras tanto, los españoles, siempre a nuestro aire, seguimos discutiendo qué territorios (¿provincias y comarcas?) podrán pasar la semana próxima de la fase 0 a la fase 1.

Si alguien pensaba que nuestro Gobierno con su Gabinete de crisis estaba gestionando razonablemente bien -con orden y coordinación- la crisis generada por la pandemia, me permito decirle que, a juzgar por lo que publica la prensa nacional  a diario,  hay muchos ciudadanos en este país a los que disgusta abiertamente esa manera de tratarla, pues,  por lo visto, echan en falta el desorden y la descoordinación entre los que dirigen y mandan.

¿Estamos condenados a vivir eternamente presos de nuestros atavismos más irracionales?

 

Sobre la pandemia que nos castiga

Sabemos, más  o menos, cuándo, dónde y cómo empezó la pandemia de  coronavirus, pero a estas alturas parece lícito afirmar que no sabemos cuándo, dónde y cómo va a terminar, entre otras razones, porque el mal no está todavía debidamente identificado, diagnosticado y, en consecuencia, tampoco debidamente tratado.

Sumidos en la incertidumbre, sumada a la eterna precariedad de lo humano, podemos y acaso debemos pensar que la cosa va para largo.

Bueno, eso es lo que yo me temo. Ahora ya ni siquiera creemos en los milagros.

Gabinete de crisis

Entiendo que en la actual situación política, social y económica de España, el  auténtico Gabinete de crisis es el formado por los ministros Salvador Illa, Sanidad, Margarita Robles, Defensa, Fernando Grande-Marlaska, Interior, y José Luis Ávalos, Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, con nuestro jefe de Gobierno, Pedro Sánchez, a la cabeza.

Entiendo asimismo que la acción de éste, desde seleccionar las personas que habrían de formar el equipo hasta dirigirlo con pulso firme y prudente, ha sido hasta ahora tan acertada como meritoria.

En mi opinión, Pedro Sánchez está gobernando con sumo tacto y prudencia, eludiendo preventivamente las continuas añagazas de una oposición pocas veces cooperadora y por lo general dada al lenguaje de doble filo. Hablo en concreto de nuestros desleales y queridos compatriotas de la Marca Hispánica.

El  miembro del Gabinete de crisis que más me llama la atención, después de Pedro Sánchez, es sin duda Salvador Illa, ministro de Sanidad, con sus intervenciones televisivas. Voz autorizada y responsable, circunscrita a lo que es de su competencia.

A mi  modo de ver y entender, un ejemplo a seguir en lealtad, trabajo y entrega.

A todos ellos, como ciudadanos y como equipo de gobierno les deseo acierto en su cometido, por el bien de los españoles y, en definitiva, por el bien de esta atormentada patria llamada España.

 

Asesores del Gobierno

Considero que el Gobierno tiene derecho a mantener en secreto no sólo los nombres de  determinados asesores suyos sino también el hecho mismo de que tiene asesores en determinados asuntos y en determinados momentos.

Considero que en determinados asuntos y en determinados momentos deben  prevalecer la seguridad del Estado y el bienestar de los ciudadanos.

Esa es mi opinión.

La primera invención de Henry Kamen

Entiendo que Henry Kamen, hijo del imperio de la Gran Bretaña, predica y enseña que los españoles somos hijos de una invención llamada España. Entiendo, pues, que los españoles somos invención de una invención.

¡La madre que me parió!

Lealtades

Considero que Pedro Sánchez, nuestro actual jefe de Gobierno, está llevando a cabo una gestión política y social, pandemia incluida, más que aceptable.

Considero incluso que tanto su línea de actuación como sus decisiones más comprometidas están siendo acertadas, siempre presididas por criterios basados en el bien de todos los españoles, no de un sector ideológico de la sociedad.

Considero asimismo que, en todo ello, nuestro jefe de Gobierno está poniendo de manifiesto una inteligencia y una habilidad para la cosa pública que no recuerdo haber visto en otro político desde el arranque de la democracia.

Lealtad a España, sentido de Estado y habilidad gestora son virtudes que ahora mismo veo en Pedro Sánchez y me han llevado a ofrecerle mi apoyo leal.

Creo asimismo que, en la actual situación, el pueblo español, además de prescindir de las ideologías, debe ofrecer a Pedro Sánchez, como jefe de Gobierno, la misma lealtad  que éste debe ofrecer a España en la pandemia, antes de la pandemia y después de la pandemia.