Artículos de mayo de 2014

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Antonio Robles en las barricadas

He empezado a leer el libro-documento de Antonio Robles sobre el catalanismo. Entiendo que constituye un trabajo muy meritorio, en especial por lo que tiene de esfuerzo casi siempre en solitario y prácticamente siempre en la clandestinidad.

Considero que ese libro debe ser un referente cardinal en la literatura centrada en el catalanismo y espero que como tal contribuya a crear  un corpus sistémico y razonado del tema de acuerdo con una perspectiva doble: histórica y actual.

Robles ha hecho su parte y ha demostrado, entre otras muchas cosas,  que es un gran trabajador.

1 de Mayo, día del trabajador autónomo

Después de imponernos –con engaños– el Estado político-administrativo de las Autonomías, ahora están a punto de terminar de endosarnos –por vía de la subcontratación– el estado laboral de los autónomos.

Un trabajador autónomo es aquel que vende directa y personalmente su fuerza de trabajo (Arbeitskraft) por jornada rendida o trabajo realizado, mientras que el empresario ha pasado a ser alguien que dirige y/o gestiona una oficina concebida a modo de think tank con una teleoperadora provista de un listín de teléfonos y  una lista de contactos, dentro de una estructura operativa mínima, suficiente y, a ser posible, amparada en la opacidad.

¿Cómo se ha llegado a esa situación?

A mi modo de ver y entender, en el alumbramiento de esa situación como estado de cosas final  han colaborado y han convergido, de manera más sinérgica que autónoma, factores de índole laboral, social y política. Entre ellos:

–tendencia general hacia la precarización del trabajo en la economía mundial, europea y, concretamente, española;

–falta de productividad de la máquina económica de España en comparación con la de otros países europeos;

–enfrentamiento continuado Patronal-Sindicatos obreros con el consiguiente clima de creciente inestabilidad sociolaboral.

Evidentemente, en ese fenómeno de proporciones mundiales, con un cambio (¿definitivo?) del modelo de producción y organización del trabajo, han intervenido otros muchos factores, pero en mi opinión lo que cuenta es que, a la postre, todos los intervinientes y todos los intervenidos han salido perdiendo.

El trabajador, que ahora lo es por cuenta propia, no ajena, el empresario, que ha pasado a ser un intermediario y como tal un agente o, más exactamente, un eslabón  de la economía especulativa, y sobre todo la sociedad en su conjunto, que se ha empobrecido en términos económicos y humanos.

¿Quién dijo que para luchar contra la explotación lo más inteligente es empezar por dejarse explotar?

1 de Mayo de 2014, día del trabajador autónomo.

La hora de Vidal-Quadras

Imagino que Vidal Quadras tuvo su gran oportunidad política o, al menos, estuvo a punto de tenerla en la España o, si se prefiere, en la Cataluña de los años noventa.

Lamentablemente, Jordi Pujol, español por un año, consiguió convencer a Aznar, que accedió de buen grado a su perverso deseo (Pacto del Majestic).

Con todo, en mi opinión, el deseo de alejar a Vidal-Quadras de Cataluña, expresado a modo de exigencia conminatoria  por el separatista catalán, coincidía en ese momento o, como mínimo, se conciliaba perfectamente con la medida precautoria, alentada por el torpe político conservador (Aznar), de eliminar a un hombre que lo superaba en muchos aspectos y, por lo tanto, constituía un rival demasiado peligroso para alguien que como él rayó siempre en la mediocridad.

A partir de entonces, entiendo que Vidal-Quadras ha estado vagando en busca de una casa cuartel que, a lo que parece, aún no ha encontrado.

Pero sigue buscando.

Tanto es así que, hace algún tiempo, expresó públicamente su voluntad de que el Gobierno de la Nación empezara a instruir y adiestrar a un general de la Guardia Civil para intervenir en Cataluña y cortar de cuajo su proceso soberanista, abiertamente anticonstitucional.

Eso me lleva a pensar ahora, totalmente por mi cuenta y riesgo, que ese mismo Vidal-Quadras sería la persona civil ideal para presidir el Gobierno de concentración nacional que sin duda alguna debería seguir a la mencionada intervención (¿manu militari?) en Cataluña.

 

Una propuesta «atractiva» para el separatista Mas

El separatista Mas, actor y agente al servicio de Jordi Pujol, estratega y padre de todas las grandes traiciones que «es fan i es desfan»  en este país, ha dicho, con evidente complacencia, que está dispuesto a escuchar una propuesta «atractiva» del Gobierno de España.

Viniendo de quien viene, es fácil –y obligado– adivinar qué es en este caso una propuesta «atractiva».

Agenda separatista y hoja de ruta separatista.

El hecho es que los separatistas catalanes, ya dueños únicos y absolutos de una parte de España y con poder decisivo en el resto de ella, negocian con el Gobierno de la Nación en condiciones de igualdad pero con neta ventaja táctica para ellos, de modo que ahora se atreven a dictarle, por vía de lo que ellos llaman diálogo, lo que debe y no debe hacer.

La cosa se pone cada vez más difícil  para España y los españoles.

Quiero pensar que éstos van a necesitar muy pronto grandes dosis de inteligencia y arrojo (¿patriotismo?) para conjurar esa conjura.

Por una izquierda fuerte para una España unida

Cualquiera que sea la posición ideológica que se adopte ante la escena histórica y concretamente ante sus últimos actos, considero lícito afirmar que durante el siglo XX el socialismo siguió una derrota, entendida aquí y ahora como curso o deriva, que afectó tanto a su esencia como a su existencia, toda vez que, en el fondo, estuvo lastrada por la pérdida progresiva de sus señas de identidad, sus referentes cardinales y su programa de acción.

Esa derrota, prolongada hasta el día de hoy y circunscrita al ámbito español, nos sitúa ante un panorama tan desolador como preocupante no sólo para la continuidad del socialismo –ideología y praxis político-social– sino también y de manera especial para el equilibrio de nuestra sociedad, la convivencia pacífica de sus ciudadanos y, como síntesis de todo ello, el ser y el existir de esta querida patria llamada España.

Dejo a un lado el fenómeno histórico –desnaturalización, transformación o aggiornamento del socialismo–, pues considero que ahora, y esto es algo que tal vez todos deberíamos tratar de entender y tener presente, sólo son válidas aquellas aportaciones que ayudan a solucionar el problema o, lo que es igual, a salvar la democracia percibida como expresión unívoca e inequívoca de la voluntad del pueblo español.

Por eso, si en las páginas de un texto tan breve como actual Norberto Bobbio enlaza conceptos como democracia, justicia, igualdad y libertad, yo, identificado con su planteamiento, me permito añadir a esa secuencia, a modo de remate y síntesis, el concepto de unión, que está en la base del progreso de la sociedades modernas y, al mismo tiempo, forma parte del núcleo óntico y ontológico del socialismo: de ahí recibe este una parte de su legitimidad ética y de ahí emana tanto su idea primera en cuanto doctrina germinal y programa de acción como su idea última o utopía. En definitiva, la unión puede contemplarse como expresión práctica de esa sociabilidad que Aristóteles define como característica esencial de los seres humanos. Sin unión no hay sociedad y sin unión no hay socialismo.

A partir de ahí podemos afirmar, primero –con permiso del maestro–, que sólo lo social es real y, segundo –por nuestra cuenta y riesgo–, que sólo lo social puede llegar a ser democrático.

Normalmente se considera que para que haya democracia es imprescindible que los miembros de la sociedad beneficiaria posean la probidad y la madurez necesarias, pues si una sociedad en su conjunto no respeta las leyes y su clase dirigente se entrega impunemente al saqueo de las arcas públicas a través de las diversas formas de corrupción, no es posible –¡ni aconsejable!– instaurar un régimen mínimamente democrático.

Junto a esa condición hay otra, que, aunque no suele  aducirse con tanta frecuencia, en mi opinión es igualmente imprescindible y además debe darse con anterioridad. De hecho, para que en una sociedad los ciudadanos convivan pacíficamente y esa convivencia persista en el tiempo y en el espacio es necesario en primer lugar que éstos –todos ellos o, al menos, su mayoría– tengan el mismo universo nacional, toda vez que de ahí emana ese sentimiento de pertenencia (Zusammengehörigkeitsgefühl), llamado tradicionalmente patriotismo, que garantiza no sólo el respeto a  la letra de la ley sino también y sobre todo la lealtad a su espíritu sin reservas mentales siempre dolosas ni maniobras tácticas indefectiblemente capciosas.

Hoy, a diferencia de un ayer que podemos situar en los años treinta del siglo XX, en el conjunto de España se dan esas dos condiciones –espíritu cívico y conciencia nacional–, a pesar de salvedades no por minoritarias menos lacerantes.

Cabe decir que, en rigor, las estructuras políticas que no responden a la realidad social contemplada como un todo no son democráticas. Y, evidentemente, lo serán aún menos si recurren a la parcelación cercenadora del espacio geográfico propio de una sociedad entendida como organismo vivo y completo y a la implantación de minidictaduras por vía de los hechos consumados, el crimen, la intriga y la usurpación/privación de los derechos cívicos a aquella parte de la ciudadanía que se opone a tales planes y procedimientos. En este caso concreto,  dividir, sea cual fuere la vía que se sigue, es, entre otras muchas cosas, un signo de insana perfidia, ¡no de inteligencia!, habida cuenta que, de acuerdo con la experiencia histórica, lleva indefectiblemente al empobrecimiento y la destrucción de divididos y divisores.

Es cierto que en un régimen de libertades las actitudes insolidarias y/o disgregadoras tienen derecho a existir y manifestarse –¿incluso a ocultar lo que son y lo que pretenden?–, pero también es cierto que,  aunque sólo sea por minoritarias, esas actitudes no tienen derecho a sumir en el caos a toda una sociedad ni a llevar a sus miembros a  enfrentamientos fratricidas.

Justamente entonces es cuando deben hacer acto de presencia los partidos de implantación nacional. A mi modo de ver, la tarea más apremiante del Partido Socialista y el Partido Popular en estos momentos es reforzar el ordenamiento constitucional de acuerdo con una concepción integral, unitaria y, por qué no, patriótica. El momento y la situación exigen de sus líderes que prescindan de sus ideologías respectivas y adopten la perspectiva que distingue a los auténticos  hombres de Estado.

Aunque entre nosotros se predicó durante mucho tiempo que el patriotismo era sólo uno de los soportes ideológicos de la derecha, yo quiero creer –¡ingenuamente!– que, además de ese, existe un patriotismo cívico y popular abiertamente supraideológico y por lo tanto integrador. Y ese es el patriotismo –lo llamemos o no lo llamemos constitucional– que debemos invocar ahora si queremos fortalecer la convivencia de los españoles, la cohesión de la sociedad y la vigencia de la Constitución. En definitiva, se trata de recuperar, junto con nuestra identidad y la conciencia de nuestra identidad en cuanto pueblo, el modo de ser y existir que nos corresponde como tal.

En este contexto considero que el Partido Socialista hará bien en recordar su idea matriz –el análisis crítico de la realidad y la visión utópica del futuro–, aunque sólo sea para recuperar el concepto de unión que articuló su trayectoria histórica y presidió, como lema y consigna, su intervención activa y directa en los acontecimientos más decisivos de la historia universal y la historia de España a lo largo de los siglos XIX y XX, pues sólo una sociedad unida puede llegar a ser justa o, más exactamente, menos injusta que las precedentes. Mientras tanto, la unión seguirá siendo el missing link  de un partido que, a mi entender, hace tiempo que dejó de ser socialista.

Aun así, en estos momentos nuestro Partido Socialista, en cuanto corresponsable del presente y el futuro  de los españoles, es absolutamente esencial para el mantenimiento de la convivencia, la cohesión social y, en una palabra, de la democracia en España. Pero esa tarea exige a su vez un partido sólido, con señas de identidad perfectamente reconocibles y reconocidas y, por encima de todo, con un programa elaborado de acuerdo con un concepto orgánico y, como mínimo, respetuoso con sus líneas de fuerza históricas.

Por eso, prescindiendo del resultado de las próximas elecciones, entiendo que, tarde o temprano, el Partido Socialista deberá proceder a una reestructuración profunda, acaso la más profunda de su historia, si quiere seguir siendo el partido de una gran parte de la sociedad española y responder a las exigencias que esta  le formule en el futuro.

Ya ahora me permito recomendar a sus responsables que, además de recuperar, dentro de lo posible, sus señas de identidad, se deshagan de sus aliados desleales, aliados que nunca fueron socialistas, aliados que maquinan constantemente planes para convertir España en un montón de escombros, aliados que llevan décadas hablando de terceras vías, de federalismos asimétricos y soberanías compartidas, aliados que predican y sobre todo practican la desunión y el enfrentamiento, aliados que niegan el pan y la sal a los obreros españoles de Cataluña y luego trafican con sus votos, aliados cuyos actos de perfidia y deslealtad en los próximos meses –me lo dice el corazón–  dejarán atónitos a los españoles.

Es una monstruosidad tan indignante como inaceptable que los separatistas, una minoría que no llega al siete por ciento de la población, se impongan a cuarenta millones mediante una intriga permanente salpicada de agresiones a la convivencia y actos de deslealtad a la Constitución vigente.

Eso me lleva a afirmar que nuestra democracia no es real y sólo lo será cuando los asuntos de España y los españoles estén en manos españolas y las estructuras políticas sean reflejo fiel (Spiegelbild) de su realidad social. Si hoy por hoy, dentro de nuestras fronteras, el separatismo constituye la excepción, es nuestro derecho y nuestra obligación asignarle el peso que le corresponde en términos demográficos y, por lo tanto, democráticos.

Mi deseo ferviente es que los españoles acierten a mantener esa realidad integradora que es España por encima de todas las ideologías y que el Partido Socialista sea realmente fiel a sus principios conceptuales e históricos y esté a la altura de las circunstancias en estos momentos en los que, parafraseando unas conocidas palabras de Martin Heidegger, quiero decir que, una vez más, a España y con ella a los españoles  «nos va el ser en el ser».

Intervención del Gobierno en Cataluña

Ante una posible intervención del Gobierno de España en Cataluña, intervención amparada en la Constitución vigente y avalada por la Corona, se pueden contemplar cuatro niveles de actuación:

–Presión indirecta.

–Intervención suave.

–Intervención dura (art. 155).

–Estado de sitio y emergencia.

 

Nuevas generaciones separatistas

Durante mucho tiempo se dijo y se escribió que los separatistas catalanes eran pactistas por naturaleza. Pactistas, retorcidos e intrigantes de por vida. Como Pujol, catalán de mena y una mena de español; como Roca Junyent, compadre de la Constitución española de 1978 y prevaricador confeso, además de defensor de los intereses de la Corona y encarnación de la deslealtad a sueldo, sólo superado, acaso, por Herrero de Miñón, el gallego sin patria ni honor. .

E tutti quanti!

Pero como, al decir de Cervantes, los tiempos cambian y la artes se perfeccionan, en estos momentos en Cataluña empieza a haber generaciones de separatistas que, dejando atrás el pactismo tradicional e histórico de una burguesía otrora nacional y ahora nacionalista, han optado abiertamente por el radicalismo seudopopular y casi bullanguero impulsado por esa Esquerra Republicana pequeñoburguesa y menestral  que, de momento, constitituye el estrato inferior del catalanismo insolidario y militante.   

Ahora son muchos los españoles, residentes en Cataluña, que se quejan de la persecución ad hominem que sufren a manos de los separatistas, persecución en forma de acoso acompañado de amenazas, sobre todo en la red, donde a menudo los mensajes están ilustrados y realzados con la silueta de una pistola.

Evidentemente la cosa va a más en términos cuantitativos y en términos cualitativos.

El salto-asalto definitivo se producirá, muy probablemente, con ocasión del referéndum, un referéndum que, sin celebrarse, se convertirá, a buen seguro, en trending topic  político y social aquende y allende el Ebro, río que fue de los iberos.

La disyuntiva separatista es: o independencia o internacionalización de la independencia como problema. Y, dado que  de momento no va a haber independencia (entre otras razones, porque ellos no la quieren), habrá internacionalización del problema, que automáticamente escapará por elevación a la jurisdicción española y pasará a ser un asunto de competencia europea.

(¿Exclusivamente?).

Mientras tanto, ahí está Montoro, asediado en su coche por camorristas protegidos por la policía autonómica a sueldo de la Generalidad.

Todo ello viene a decirnos que a las personas que viven en situación de muerte civil en Cataluña hay  que sumar ahora las que cada día pierden sus puestos de trabajo y se ven acosadas y amenazadas, un día sí y otro también,  por individuos y colectivos dirigidos y financiados por las autoridades autonómicas.

Mi refrán dice: si uno quiere, dos se pelean.

España, de la decadencia a la desintegración

De acuerdo con mi modo de sentir y entender, España acelera ahora su decadencia, decadencia que, si sigue así, la  llevará inexorablemente a la desintegración.

Decadencia del occidente de Occidente.

Con dirigentes políticos sin visión de Estado, con una ciudadanía –antes llamada pueblo– sin sentimiento patriótico, intuyo que España tiene ante sí un futuro realmente aterrador.

De momento, la derecha languidece, empeñada en sobrevivir y, como tantas veces, a la espera de tiempos más cómodos y, sobre todo, más propicios a la andorga y la faltriquera. No veo en ella cabezas que se eleven, ni siquiera mínimamente, por encima de mediocres y conformistas-oportunistas.

Es la hora de los subalternos.

Mientras tanto, la izquierda, ahora ya abiertamente contraria a toda idea de unión como programa social y utopía ética, ha optado por la atomización no sólo de su parcela ideológica, social y política  sino incluso de todo el ámbito español  para así dejar lo que un día fue España a merced de los separatistas catalanes, beneficiarios de todas las traiciones.

Será la hora de los carroñeros.

De la España centralizada a la España seudoautonómica y seudofederal, de la España seudoautonómica y   seudofederal  a una España erializada y, acto seguido, colonizada y catalanizada.

Me cago en la madre que me parió…

¿Coalición o confabulación?

En mi opinión, va a ser muy difícil que en España se llegue a una coalición de los dos partidos mayoritarios. Y, si se llega, será poco menos que un milagro y habrá que agradecérselo a una o varias fuerzas superiores. Por ejemplo, a la UE, por razones de estabilidad, y a la Corona española, por razones de supervivencia.

La historia reciente nos demuestra que muchos de nuestros políticos quieren y prefieren ahora y siempre una España invertebrada/desvertebrada. En ella medran y en ella creen poder perpetuarse. Sobre todo, los representantes de esa izquierda desnaturalizada que, después de traicionar a sus electores, busca afanosamente una alianza con los separatistas del centro y la periferia, alianza contra natura y por lo tanto confabulación con fines hasta ayer ocultos y hoy parcialmente confesados.

.¿Cómo entender la actitud sumisa de Rubalcaba ante la burguesía catalana de Jordi Pujol y su subalterno Mas? Pues en esa actitud sumisa está la clave de sus contactos actuales con el incombustible Duran i Lleida.

Es la hora de los traidores y su listado de traiciones a la carta.

Considero que, en lo sucesivo, el Partido Popular tendrá que plantearse la defensa de España sin otra colaboración fiable que la de los ciudadanos de Rosa Díez, ya que lo que fue el PSOE ha optado por volver a las taifas medievales. Nada que se parezca a un partido basado en la unión de los españoles y la formación de sociedades cada vez más amplias y cada vez menos desiguales.