Artículos de julio de 2016

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Los límites de Podemos y los límites de Pablo Iglesias

Considero que las razones  aducidas por los líderes de Podemos para explicar la retracción parcial de los votantes naturales de esta formación respecto  de las expectativas sustentadas hasta horas antes de la celebración de las elecciones del 26 de junio pasado son, como mínimo, parcialmente válidas.

El miedo también puede obrar milagros. Sobre todo en política. Sobre todo en situaciones límite. Sobre todo a la vista del abismo.

Pero, tras analizar brevemente la situación, creo haber descubierto otras dos posibles causas de ese fenómeno político colectivo.

En primer lugar, el estiramiento del campo ideológico desde una izquierda comunista y, por lo tanto, radical y en esencia revolucionaria hasta las lindes de la derecha tradicional, utilizando aquí la venerable figura de la socialdemocracia histórica más como vergonzoso trampantojo que como referente de un socialismo reformista y un capitalismo humanizado.

En medio de ese campo ideológico ha quedado el Partido Socialista Obrero Español. Cabe pensar que, de momento, los dirigentes de Podemos lo han reducido a la condición de isla –¿cuerpo extraño?– con la más que probable intención de  dar buena cuenta de él fagocitándolo y eliminándolo del mapa político-social en una fase posterior, ya prevista y programada.

En cualquier caso, entiendo que el estiramiento ideológico de Podemos responde al estiramiento de la ambición personal del líder de Podemos. Esa ambición personal explicaría asimismo la alianza de Podemos con el separatismo catalán,  a mi modo de ver siempre esencialmente burgués a pesar de contar con la presencia y la colaboración instrumental de mensajeros y agentes dobles como Ada Colau y, sobre todo,  Pablo Iglesias protegidos por su pretendido aura de activistas sociales  y regeneradores políticos.

En cualquier caso, ahí tenemos una posible segunda causa de la retracción sometida a examen.

Ada Colau muestra una irrefrenable alergia a todo lo español, mientras que Pablo Iglesias es a mis ojos  lo  que en alemán llaman Fachidiot, o sea, un idiota especializado.

Lo grave del caso es que ese idiota especializado es, además, esclavo de su ambición. Puede decirse que, de hecho,  los límites de su ambición son los límites de su mundo y viceversa.

¿Conseguirá hacerse con el mando de todas nuestras izquierdas este nuevo Pablo Iglesias?

Hacia una España sin españoles

Considero que, dada su aberrante complejidad,  la situación actual de España se presta a todo tipo de análisis y conclusiones.

Complejidad aberrante pero conocida y padecida en varias ocasiones. Todos contra todos, porque son muchos los que, una vez más, están convencidos de que cuanto peor, mejor.

Entiéndase: cuanto peor para España, mejor para la causa de esos muchos..

¿Se saldrán esta vez con la suya?

En general los que hablan en público de lo público invocan los derechos de sus respectivos partidos y  votantes. Alguna alusión tímida, ni convencida ni convincente, al interés general, término y concepto importados y, para mí, carentes de semen.

No lo dijo Nietzsche, pero podría –¿debería?– haberlo dicho: el semen es el ser humano: cuerpo y psique.

Prácticamente ninguna alusión a España como patria de todos los españoles, siempre por encima de las ideologías, de todas las ideologías.

Eso significa para mí que a este atormentado país  le faltan paisanos con sentido de Estado y sentimiento patriótico.

¿Independencia o soberanía? Nace una nación, muere un reino

Por lo que sé, intuyo y me malicio, los separatistas catalanes no quieren la independencia –una república catalana– ni hoy ni en un futuro previsible.

A juzgar por sus trajines  y tejemanejes, lo que realmente quieren en estos momentos es una nación progresivamente soberana dentro de un Estado español en proceso de demolición.

Ellos no sólo dirigen y, probablemente, dirigirán esa demolición sino que además y sobre todo se benefician de los recursos del Estado anfitrión/opresor y los utilizan para crear estructuras de estado propias.

El objetivo a medio plazo es hacer del Reino de España un estado fallido.

Ese será el momento en el que la nueva nación emergente asuma la hegemonía de los territorios ibéricos y sustituya al poder central.

Mientras tanto nuestros separatistas se harán con el control de todo el Levante, desde Murcia hasta más allá de la frontera francesa, incluidas, naturalmente, las islas Baleares; según ellos, eso  supone casi una tercera parte del actual territorio español y una población cercana a los quince millones.

Está previsto que los ciudadanos de la nueva nación tengan doble nacionalidad (catalana y española), lo que les permitirá circular libremente por todo el territorio peninsular y ocupar cargos de responsabilidad en todas las  administraciones autonómicas y, de manera especial,  en la Administración del Estado español, mientras que los habitantes de la meseta ya no podrán circular libremente por los territorios de la nueva nación y mucho menos ocupar cargos de cierta relevancia en su Administración.

Resumen: la parte se impondrá al todo por la sencilla razón de que tendrá su parte en exclusiva y, simultáneamente, seguirá estando presente en el todo y además lo dirigirá y lo controlará.

Ya ahora, un ciudadano catalán, por muy separatista que sea, puede ocupar cargos de responsabilidad en la Administración estatal e incluso llegar a ser  jefe del Gobierno de España, mientras que un ciudadano español tiene vedado el acceso profesional y/o político a las  instituciones catalanas.

El paso siguiente será la toma oficial del poder político del antiguo Reino de España por las élites del nuevo Estat Català. El poder económico y mediático ya lo tienen en gran parte desde hace tiempo y, además, lo irán incrementado hasta entonces.

Está previsto que la mencionada toma del poder  sea en apariencia  una sustitución en la cúpula y, por consiguiente, un asunto interestatal para que no intervengan ni la Unión Europea ni la ONU.

En estas circunstancias  tal vez sea conveniente  volver a leer lo que Antonio Gramsci escribió sobre hegemonía y bloques hegemónicos, sólo que en este preciso momento parece que habría que conceder menos importancia a los medios de producción y a la cultura popular  y  más importancia al poder financiero y a los medios de comunicación por su capacidad de controlar y manipular la realidad social y, stricto sensu, democrática.

Pablo Iglesias y su falta de modestia

Tengo la impresión de que, en su condición de Fachidiot o idiota especializado, Pablo Iglesias llama lucidez (intelectual) a lo que es simplemente ambición.

Con ello el líder de Podemos alcanza ese estado de alienación, caracterizado por la falsa buena conciencia, que define y distingue a los miembros de la casta como  colectivo minoritario y superior.

Considero que una ideologización excesiva y excesivamente teórica lo ha llevado a predicar  un populismo tan fatuo como insolidario.

No parece aventurado afirmar  que Pablo Iglesias ni  piensa ni, mucho menos, siente y sufre como un obrero.

Lo suyo es  arrogancia y falsa buena conciencia.

¿Nace una nación, muere un reino? (texto corregido)

Por lo que sé, intuyo y me malicio, los separatistas catalanes más pragmáticos y ambiciosos no quieren la independencia –una república catalana– ni ahora ni en un futuro previsible.

A juzgar por sus trajines y tejemanejes, lo que realmente quieren en estos momentos es una nación progresivamente soberana dentro de un Estado español tan débil que termine sucumbiendo al proceso de demolición/desintegración en curso.

Ellos no sólo dirigen y, probablemente, seguirán dirigiendo esa demolición/desintegración sino que, además, mientras tanto se benefician de los recursos del Estado anfitrión/opresor y los utilizan para crear estructuras de estado propias, a la vez exclusivas y excluyentes.

El objetivo a medio plazo es hacer del Reino de España un estado fallido.

Ese será el momento en el que la nueva nación emergente asuma la hegemonía de los territorios ibéricos y sustituya al poder central.

De ahora a entonces, nuestros separatistas se harán con el control de todo el Levante mediterráneo, desde el sur de la provincia de Murcia hasta más allá de la frontera francesa, incluidas, lógicamente, las islas Baleares y partes sustanciales de Aragón. Según ellos, eso supondrá a la postre casi una tercera parte del actual territorio español y una población cercana a los quince millones.

Está previsto que los ciudadanos de la nueva nación tengan, desde un principio, doble nacionalidad (catalana y española), lo que les permitirá moverse libremente por todo el territorio peninsular y ocupar cargos de responsabilidad en todas y cada una de las administraciones autonómicas y, de manera especial, en la Administración del Estado español, mientras que los ciudadanos de éste ya no podrán moverse libremente por los territorios de la nueva nación y, mucho menos, ocupar cargos de cierta relevancia en su Administración.

De acuerdo con ese plan táctico-estratégico, muy probablemente la parte terminará imponiéndose al todo por la sencilla razón de que tendrá y retendrá su parte en exclusiva y, al mismo tiempo, seguirá estando presente en el todo y además lo dirigirá y controlará.

Ya ahora, un ciudadano catalán, por muy insolidario que sea, puede ocupar cargos de responsabilidad en la Administración estatal e incluso llegar a ser jefe del Gobierno de España, en tanto que un ciudadano español, cualquiera que sea su ideología, tiene vedado el acceso profesional y/o político a las instituciones catalanas.

El paso siguiente será la toma oficial del poder político del antiguo Reino de España por las élites del nuevo Estat Català. El poder económico-financiero y mediático ya lo tienen en gran parte desde años y, además, cabe pensar que irán incrementándolo hasta entonces.

Se pretende que la mencionada toma del poder tenga apariencia de relevo en la cúpula y, consecuentemente, se presente y se difunda al mundo como un asunto intraestatal, cerrando así el paso a una eventual intervención de la Unión Europea o la ONU.

De acuerdo con mi modo de sentir y pensar, España se encuentra una vez más ante su destino.

Lealtad o deslealtad equivale aquí y ahora a ser o no ser.

España: el dictamen del jugador de ajedrez

Hace años, un viejo aficionado al ajedrez me comentó después de observar y estudiar una partida:

«Para llegar a esa posición, el conductor de las piezas blancas tiene que haber jugado necesariamente muy mal».

Durante los últimos tiempos me he acordado muchas veces de las palabras del viejo ajedrecista y he llegado a la conclusión de que los españoles hemos debido de actuar necesariamente muy mal para llevar a España a la situación en la que se encuentra actualmente.

El diagnóstico es aterrador: caos político e ingobernabilidad. Falta el caos económico, que, para mí, está al caer.

Ante ese panorama, hago mías las palabras de otro aficionado al juego-ciencia (he dicho juego, no deporte): «Yo pierdo muchas partidas por ver más que mis contrincantes».

La partida de España la doy por perdida y, con ella, doy por perdida también la mía.

¡Viva España! ¡Arriba España!

La hora del PSOE

Creo que ha llegado la hora de que el Partido Socialista Obrero Español dé un paso al frente y vuelva a ser la formación con sentido de Estado y conciencia patriótica que España necesita con urgencia en la actual coyuntura política.

Entiendo que, para atajar el derrumbe de nuestra nación –que sería el derrumbe de toda la sociedad, clase trabajadora incluida–,  el PSOE debe recobrar su función integradora y, haciendo honor a su trayectoria histórica,  agrupar a toda la izquierda española en un proyecto realmente social y socialista.

Es sabido que la división de la sociedad es necesariamente la división de la clase trabajadora y viceversa.

El que divide empobrece y el que divide y empobrece no es socialista.

Históricamente, el socialismo nace de la unión de los trabajadores y, a mi entender, culmina en la unión de la sociedad. Ese es el principio de su utopía.

Para mí, eso significa que, en estos momentos, el PSOE debe apostar decidida y enérgicamente por el  fortalecimiento de las instituciones del Estado, empezando por su Gobierno.

Sin un Gobierno sólido y estable, a salvo de toda intriga secesionista y toda veleidad disgregadora y por lo tanto reaccionaria, no habrá, a buen seguro, un socialismo realmente integrador y capaz de cumplir con su función social.

Repito: España necesita un partido socialista con sentido de Estado y conciencia patriótica, que es tanto como decir conciencia social.

Ahora y siempre.

Yo pregunto:

¿Cuántas traiciones tiene que sufrir  todavía España a manos de los separatistas para que acudamos a defenderla?

¿Y si mañana fuera ya tarde?

¿Y si a las traiciones de los separatistas se sumara la nuestra?