El autor y su traductor

En mi trabajo como traductor parto siempre del supuesto de que el autor escribe   en nombre propio para un colectivo –sus lectores– del que, simultáneamente, él también forma parte como lector.

En última instancia,  el autor es siempre lector de sí mismo.

Su traductor, en cambio,  escribe siempre en nombre de otro (el autor) y siempre desde el anonimato.

Por lo tanto, a mi entender, el traductor, todo traductor, es siempre  un autor anónimo o, lo que tal vez es aún más triste,  un autor-escritor sin obra propia debidamente reconocida.

¿Es ese mi caso?

Entiendo que en su trabajo el  traductor transciende el pensamiento y la obra del autor —el proceso de pensar como gestación  y la obra como fruto de esa gestación–,   pues, quiera o no quiera, se ve obligado a repensar lo que éste piensa o ha pensado y a reproducir lo que éste produce o ha producido.

Entonces, ¿cuál es la aportación del traductor a la cultura?

 

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