Artículos del día 27 de enero de 2009

El síndrome del superino

Superino es palabra exclusiva de Pájaro bobo. Está registrada en su Idióticon con el significado específico de «ser desvalido, racional o irracional, que generalmente, no siempre, inspira ternura». En el hogar de Pájaro bobo, conocido como el Búnker de pladur,  se utiliza de acuerdo con esa acepción y otras afines, como, por ejemplo, «ser inofensivo y, sobre todo, inútil».

En la casa-caserna que Pájaro bobo cuida y regenta, bautizada por el vecindario  con el sobrenombre de Mirador de la Mola, habitaba y habita  un superino cuya vida Dios guarde muchos años.  De él se cuenta que en tiempos lejanos, ya en el siglo pasado y repasado,  había fatigado o, al menos, había vestido uniforme con charrateras y botonadura de mariscal, amén de gorra de plato,  en calidad de chófer de un prohombre de la localidad con posibles e influencia en la Villa y Corte, pero probablemente se trata de una infundada  leyenda suburbana, pues  Pájaro bobo, que lo conoce y reconoce, está convencido de que  el susodicho lleva sin pegar ni golpe ni escobazo desde antes de la guerra civil.

En la casa-caserna, el tal superino lleva algo así como treinta y cinco años. Las mujeres de su parentela  cuidan del hogar, hacen la compra y  administran el poco dinero de su guardiola, pues hay que decir que estamos en tierras catalanas, a pocos kilómetros de la Abadía de Montserrat y la Moreneta.

La única y por lo tanto principal tarea hodierna de este superino es pasear y detenerse ocasionalmente, casi por casua,  delante de un quiosco  o una librería para leer con disimulo y buena vista los periódicos del país, sólo sus  titulares, pues, como no paga, el hombrecillo, entre discreto y mezquino, no se atreve a pasar página.

También le gusta detenerse frente a  las obras de construcción en construcción, observar a los obreros y hacer señas a cualquiera que ocupe un andamio y esté al alcance de su vista y de su voz: «¡Cuidado con ese cubo, que viene un camión!». «¡Las dos menos cuarto!». «¡No hay de qué!».

Cuando llega a la plaza de los Caídos (y Resucitados), el superino busca el muro lateral  de la iglesia y, tan pronto como  se ha colocado de espaldas a él, se estira y se apuntala como  si aquel rincón fuera su púlpito o su speakercorner. Y lo es, porque, así que se le antoja que tiene quórum suficiente o aceptable, toma la palabra, eleva la voz y se pone  a recitar mensajes como:

«En este país nadie hace nada, todo es bla, bla, bla.  Empezando por los políticos de Madrid, sí, los madrileños. Todos con buenos sueldos, coches de lujo, y sin dar golpe. Això es una vergonya! Aquí tendría que haber alguien que mandara, no como Franco, pero… al menos orden. Sí, al menos, orden y trabajo».

Viandantes y paseantes, que ni oyen ni escuchan, le dan por perdido y van a sus asuntos de modo que, terminada la jornada y cansado de trabajar, el superino se dirije a su casa, que a decir verdad no es suya. Dentro, junto a la puerta, para que se vea y se lea, Pájaro bobo acaba de pegar con mucho esmero y mucho celo un papel que dice en letras de molde:

«Se ruega a todos los inquilinos que respeten y, en lo que les atañe y concierne, mantengan el orden y la limpieza del edificio y sus  servicios comunitarios. El Propietario».

Tan pronto como el superino entra y descubre el papel, se acerca hasta dar con sus gafas contra el  cristal protector y, así que ha terminado de leer y entender el aviso, hace gesto de arrancar el papel, pero,  avisado y disuadido  por el cristal,  se contiene y empieza a soltar por lo bajini y en aborigen: «Ese tipo aún no se ha enterado de que Franco ha muerto y esto es una democracia. Aquí, lo que hace falta es cultura y democracia, Eso es, mucha cultura y mucha democracia. Quin país!»

Lo dicho, ¡qué país!