Artículos de marzo de 2017

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La burguesía catalana a juicio

La burguesía catalana -cuatrocientas familias con nombres y apellidos nacidas al calor de la Revolución industrial- formó parte de la superestructura del régimen franquista durante cuarenta años y fue, por eso mismo, una de sus grandes beneficiarias.

Entonces,  los viejos fabricantes y mercaderes de telas no sólo hicieron dinero con mano de obra española pagada a precio de saldo sino que además, y sobre todo, aprendieron los secretos inherentes a la gestión de la Administración pública, tanto regional como estatal.

Por eso, a mi entender, ahí se inició el proceso catalanista/secesionista.

Muerto Franco y extinguidos los últimos rescoldos de su régimen gracias, entre otras,  a la acción subversiva de los  obreros españoles, la burguesía catalana comparece en público y se instala en la Generalidad como única autoridad política de la nueva Cataluña.

Todo de acuerdo con el plan previsto y en alas del espíritu de los tiempos imperante.

El catalanismo,  ahora fuerza socio-política oficialmente dominante, se apodera por sorpresa de todas o casi todas las instancias de poder y representación democrática de la nueva comunidad autónoma e impone en ella una dictadura burguesa con una leve y siempre menguante pátina democrática. Los secesionistas se han constituido  en una comunidad minoritaria y opresora con el catalán como lengua propia,  mientras que la población de lengua española, despojada de sus señas de identidad y privada de sus cabezas pensantes, pasa a ser una masa amorfa, ora marginada ora manipulada, según convenga.

Pero, en contra de lo que podría parecer y de cuanto se ha dicho y escrito, esos catalanistas/secesionistas no se conforman con una Cataluña independiente y tampoco con una Cataluña soberana dentro de una España plurinacional.

En realidad, lo que quieren y persiguen es la desvertebración de España, hasta dejarla reducida a una amalgama de territorios pseudoautónomos sin estructuras de Estado propiamente dichas para  su inmediata colonización.

Así, además de poseer ¡en exclusiva!- una  Cataluña soberana e independiente de España, las élites catalanas tienen planeado  controlar los resortes de poder y decisión de una España desvertebrada.

En palabras de los ideólogos del catalanismo secesionista se trata de sustituir la burguesía castellana de estirpe feudal, funcionarial y parasitaria por élites catalanas de perfil europeo, dinámicas y eficientes, incluso democráticas.

Como puede verse, la Gran Cataluña pretende cumplir una misión histórica.

Y en esas están.

Lamentablemente para los secesionistas catalanes varios de sus dirigentes políticos están sometidos en estos momentos a procesos judiciales bajo acusaciones graves y gravísimas que van desde la corrupción hasta la deslealtad institucional, delitos ambos inherentes al catalanismo secesionista.

El Gobierno español tiene, pues, la oportunidad de asestar un golpe certero y definitivo al secesionismo catalán y acabar de una vez por todas con sus tramas y ramificaciones.

Si no lo hace, probablemente los españoles lo lamentaremos más pronto que tarde.

Artículo 155 de la Constitución: el rescate de Cataluña

Desde hace algún tiempo me venía maliciando que sectores cada vez más numerosos e influyentes del separatismo deseaban una intervención directa e inmediata del Estado en Cataluña.

La deseaban e incluso la provocaban abiertamente a diario.

Delitos como la bancarrota fraudulenta de la Generalidad y la corrupción de partidos y dirigentes, junto con  el incumplimiento contumaz de leyes fundamentales de la Constitución, habían llevado al frente separatista a un callejón sin salida.

Al menos eso parece.

Cabe pensar que la proclamación tajante por parte de los responsables político-jurídicos de que el  referéndum se llevará a cabo por las buenas o por las malas  tiene mucho de bravata y provocación, pero sobre todo de añagaza para forzar una intervención del Estado.

Una intervención que, en cualquier caso, es necesaria con carácter urgente.

Pero, en mi opinión, la razón última de que los dirigentes separatistas deseen y busquen ahora la intervención del Estado no es la vulnerabilidad de su situación económica, política y legal,  sino algo mucho más intangible y aun así mucho más importante para ellos como es la pérdida de la confianza en su promesa de una Arcadia feliz por parte de la sociedad civil de Cataluña.

En cualquier caso entiendo que el Gobierno de España debe aplicar el mencionado artículo 155 de la Constitución con rigor hasta sus últimas consecuencias, o sea, hasta conseguir la plena reespañolización de  personas e instituciones.

La experiencia -lo que Enric Juliana llama experimento- no debe repetirse.

En bien de todos.

Cuatro males de España

A mi modo de ver, España sufre hoy cuatro males sumamente graves. En realidad son males históricos o, si se quiere, crónicos, pues, en esencia, la aquejan desde hace muchos años, incluso desde hace siglos.

Esos males son: la corrupción estructural de la derecha, la desnaturalización del socialismo e incluso de toda la izquierda, el auge de los separatismos y la falta de patriotismo de los españoles.

Para mí, el más grave de todos ellos es sin duda la falta de patriotismo de los españoles, en cuanto que puede entenderse como la causa y la consecuencia de todos los males de España, no sólo de los aquí mencionados.

La corrupción de la derecha no nació hace cuatro días. El PP la heredó de la Alianza Popular creada por Fraga Iribarne, que a su vez la heredó del franquismo.

Con Franco todos éramos franquistas y de derechas.

¿Quién puede pretender ahora que un ser pusilánime como Rajoy haga frente a un mal que forma parte del código genético de nuestra derecha?

La desnaturalización de la izquierda puede verse como una consecuencia del progreso económico, social y político de España o, si se prefiere, como precio obligado de su incorporación al primer mundo. Las desigualdades aumentan no sólo en el seno de la sociedad en su conjunto sino también en el marco de  un socialismo que va a ser incapaz de hermanar a los jornaleros andaluces y extremeños con los barones autonómicos o, para ser precisos, posautonómicos. Esos barones son ahora varones aburguesados, complacidos y complacientes.

Ellos mismos se han desautorizado.

Las socialdemocracias no concuerdan con  las economías de subsistencia. El desgarro era inevitable.

En esa coyuntura rebrota la izquierda verbalmente radical y, como maldición histórica, rebrota su alianza con la burguesía separatista de Cataluña.

Una alianza  doblemente  contra naturam.

Personalmente entiendo que esa izquierda,  demagógica e inoperante, no pertenece a la Europa de la ilustración y el progreso por la sencilla razón de que no tiene un programa capaz de competir con los ya implantados en las democracias más avanzadas del Viejo Continente. 

En política, como en el ámbito del conocimiento, el progreso se produce por suma de aportes, no empezando continuamente de cero o menos cero.

El separatismo es a todas luces uno de los males más graves de España. Conllevarlo, como aconsejan algunos, es para mí una forma de traición. Y de hecho, la deslealtad es su característica esencial y determinante. Por lo  que sé, con un separatista no cabe nada que recuerde el fair play o un  pacto entre caballeros. Todo gesto de buena voluntad es para él una muestra de debilidad.

Lo expuesto me devuelve a la idea inicial, la falta de patriotismo de los españoles y, unida a ella, la falta de sentido de Estado de nuestra sociedad civil y nuestros políticos.

En espíritu me identifico con los miembros de la generación del noventa y ocho; para mí, ellos fueron los últimos españoles.

En varios de sus hombres, el dolor del mundo se convierte en dolor de España.

Margarita de recuerdo en recuerdo

Aunque seguimos juntos y de cuerpo presente, Margarita ha empezado a convertirse para mí en un recuerdo.

Crueldad e ingratitud de mi parte. Tal vez también inconsciencia.

Aun así, entiendo que hay recuerdos que apuntan al futuro

como entiendo que hay recuerdos que son formas de espiritualización.

¿Espiritualización humana, sobrehumana, posthumana?

Margarita calla…

Cataluña: lecciones de ayer, hoy y mañana

A mi modo de ver, mientras puedan seguir mintiendo e intrigando, los separatistas catalanes no se rendirán y, si se rinden, seguirán mintiendo e intrigando.

¿Teme Puigdemont que con la venganza del Estado vuelva la política de vae victis?

Plan Rajoy para Cataluña

Entiendo que conceptualmente el plan elaborado por Rajoy y su equipo para recuperar el control político de Cataluña se asienta en dos ideas/acciones capitales, a la vez convergentes y complementarias.

1ª. Desactivar el movimiento separatista aislando y desacreditando a sus agentes políticos más conspicuos y radicales mediante acusaciones de corrupción e ineptitud gestora.

2ª. Atraerse a la sociedad civil de Cataluña mediante inversiones con la garantía del Estado.  Evidentemente, donde se dice sociedad civil conviene entender burguesía.

El plan parece inteligente, incluso ingenioso, y cabe pensar que surtirá efecto, al menos en su conjunto, pues cuenta con el refrendo de la experiencia histórica de España y en especial de Cataluña.

Aquí, después de cada refriega y cambio de régimen, la burguesía con sus familias, sus enseres y, sobre todo, sus haberes apareció siempre en el bando de los vencedores.

¿Hay mayor lealtad a la causa?

Felipe González y Alfonso Guerra: paz entre excompañeros

A mi modo de ver, Felipe González y Alfonso Guerra han hecho las paces cuando hace ya tiempo que uno y otro dejaron de ser socialistas y compañeros de fatigas.

Ellos pueden decir ahora que son socialdemócratas, pero ¿qué tienen de socialdemócratas los jornaleros andaluces y extremeños que votan al PSOE?

Considero que tanto Felipe González y Alfonso Guerra como los demás varones/barones socialistas han incurrido en un delito de deslealtad (¡corrupción!) ideológica y han quedado totalmente desacreditados y desautorizados.

Susana Díaz es su chica de los recados y, además, da la cara, cosa que ellos no se atreven a hacer.