Artículos de diciembre de 2018

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Pablo Iglesias: historia de una ambición

El año 2011 hace sus primeras apariciones  en la pequeña pantalla respaldado y precedido por un  curriculum académico impresionante en un hombre de su edad.

Hablo de Pablo Iglesias Turrión (Madrid, 1978), líder siempre discutido y, aun así, indiscutible de Podemos, formación situada en un principio a la izquierda de la izquierda nacional y en estos momentos falta de una definición ideológica y programática clara, pero por encima de todo viable y fiable.

¿Qué es y qué quiere hacer?

No obstante, entiendo  que, en cierto modo, el Podemos de Iglesias es al PSOE de Pedro Sánchez lo que el Ciudadanos de Rivera es al PP de  Rajoy.

Bipartidismo a cuatro bandas con el bloque/frente de los separatistas catalanes como elemento desestabilizador  y  beneficiario único y absoluto de los desencuentros entre españoles.

En definitiva, un predador implacable.

Si en un primer momento  Iglesias se sitúa  y sitúa a su formación en un espacio político con aderezo  anarcoide y, dicho cum grano salis, bolchevique,  considero que lo hace  más por pose de intelectual progre que por convicciones sociales o ideológicas  y siempre en procura de espacio vital (Lebensraum) para un  proyecto político que capitalice y catapulte su desmedida ambición personal.

Por ese motivo, cuando pone pie en Cataluña, busca de inmediato la complicidad de un babélico  conglomerado de grupúsculos separatistas bajo la marca Catalunya en Comú, liderado por Xavier Domènech y Ada Colau, que pronto dará lugar al engendro social, político e ideológico conocido, entre otros muchos, por el nombre de En Comú Podemos.

El engendro vive su gran fiasco en las elecciones catalanas de diciembre de 2017, fiasco que lo es ante todo para Iglesias y su ingenua visión del país.

A pesar de su rango intelectual y sus títulos universitarios,  lo veo como uno de esos españoles que son incapaces de meterse en la cabeza de un separatista catalán y reproducir  sus procesos mentales, aunque sea sólo en modo simulación, no digamos en vivo y en directo, o sea, en plena bronca y en pleno embrollo procesal.

Pero lo cierto es que ahora está ya en terreno enemigo. A través de Ada Colau, toda una garantía de deslealtad a España, su Constitución y cuanto huele o suena a español, Iglesias pacta con las formaciones separatistas de cuño burgués, dispuesto a entregarles el  control de Cataluña a cambio de que le ayuden alcanzar, a medio plazo, su  gran sueño, hacerse con el poder de una España desnaturalizada y desvertebrada.

Así,  el ácrata con sesgo bolchevique de hace cuatro días, que mientras tanto  se ha instalado  en un casoplón más propio de un nuevo rico  que del dirigente de un partido  de izquierda,  añade a su condición de impostor la de estafador de sus votantes cuando, después de actuar como intermediario y recadero en la línea de los falsos socialistas de Cataluña,  decide  firmar pactos contra natura por partida doble con una burguesía, la catalana, siempre dispuesta a traicionar a España y con mucho más motivo  a la clase trabajadora española.

¿Sabe el pobre que la división y la ruina de una sociedad bien estructurada y cohesionada, después de siglos de convivencia,  comportan siempre y necesariamente en primer lugar la división y la ruina de la clase trabajadora?

Lo sepa o no lo sepa, parece lícito pensar que, en nuestro caso y referido a España,   ahí está la clave del derecho a decidir.

Ante ese panorama general hecho de irracional falta de solidaridad y sano egoísmo,   vuelvo la mirada a una época indudablemente muchísimo más cruel e inhumana  que la actual, pero presidida a mis encantados  ojos de niño por el elemental y heroico activismo obrero de nuestros padres, para preguntarme como tantas veces ¿qué queda de la superioridad moral de la izquierda a estas alturas de la historia?

Día de la Constitución: tres preguntas y una traición

Primera pregunta: ¿por qué se permitió que votaran la Constitución personas de las que se sabía de antemano que su intención  era no cumplirla y utilizarla como trampolín de su proyecto para destruir España?

Segunda pregunta: ¿por qué se ha permitido después que esas mismas personas exijan la reforma de la Constitución si nunca la han cumplido y su intención era y es derogarla dentro de su plan para destruir España?

Tercera pregunta: ¿por qué tengo que vivir yo los últimos días de mi vida como un cobarde y morir como un traidor a mi Patria?

Lecciones de lealtad a cargo de nuestra izquierda

De acuerdo con lo que he leído en los periódicos, la ministra Celaá ha pedido al PP y a Cs que no pacten con Vox, porque es una formación política de ultraderecha.

Muy bien, subalterna.

Pero, entonces, ¿por qué el PSOE, ahora al frente del Gobierno de España, ha pactado y pacta con los separatistas catalanes, de los que es rehén desde hace tiempo?

Si me lo explicas, por favor, no me digas que sois una partida de cínicos y traidores, porque no estoy dispuesto a creerlo.

Eso no lo creo. Lo sé y lo veo.

Solución Boadella al problema catalán

En mi opinión, la solución al problema catalán propuesta por Albert Boadella es tan acertada como necesaria y urgente: hay que intervenir la administración autonómica y, como primera medida, educación y medios de comunicación. Acto seguido, recuperar todas las demás competencias que ahora tiene la Generalidad.

O se hace o España se deshace.

En este caso, la cobardía es también traición, una traición inadmisible.

¿A qué espera el Gobierno de España para intervenir en Cataluña?

A mi entender, la Constitución de 1978 partió de una situación no democrática y esto exigió  concesiones por los dos bandos que iban a decidir su redactado final, pero ante todo exigió un pacto de honor suscrito por todos y cada uno de los constituyentes. Ese pacto de honor se simuló, pero hoy sabemos (entonces también se podía saber) que fue un pacto fraudulento.  La izquierda española y la falsa izquierda catalana en concreto abrieron una vía de infiltratación-penetración a la burguesía barcelonesa, y se jodió el  invento.

Todo ello tan previsto como la situación actual -una comunidad autónoma en estado de rebeldía y, al mismo tiempo, sumida en el caos-, en la que toca reventar esa misma Constitución. Los separatistas catalanes nunca la cumplieron y nunca pensaron cumplirla por la sencilla razón de que conocían de antemano el guión de la película y de manera especial su fin: la desintegración de España.

¿Estamos ante el fin del Estado de derecho y el fin de España?

En cualquier caso, ¿a qué espera el Gobierno de España para intervenir en Cataluña y restablecer la soberanía española en ella?

España necesita un estadista

Considero que España, Patria de todos los españoles, necesita con toda urgencia un estadista que rompa de cuajo  la  trama de traiciones  tejida por los separatistas catalanes  en alianza con una izquierda desnaturalizada, un estadista que, acto seguido, devuelva su dignidad a nuestra Nación.

A mis 84 años no estoy dispuesto a asistir a la ruina y la desintegración de España como un cobarde y un traidor.  Algún disparate ya se me ocurrirá.

¿Saldrá o no saldrá del armario separatista Josep Borrell?

Estoy convencido de que el hombre está donde está para cumplir una misión, que no es precisamente defender los intereses materiales e inmateriales de España y los españoles a tiempo completo.

Estoy convencido asimismo de que el hombre pertenece al Partido de los Falsos Socialistas de Cataluña (PFSC) como Miquel Iceta. La diferencia está en que mientras Iceta es un maestro consumado de la intriga, a Josep Borrell le cae muy mal  el traje de Exteriores. Mis ojos me dicen que a sus ojos les falta convicción.

Otrosí, estoy convencido de que el hombre  es un español vergonzante y un separatista vergonzante.

¿Que si saldrá o no saldrá algún día del armario separatista? La verdad es que no lo sé, pero alguien o algo me ha soplado al oído que, sin dejar su ministerio, se hará cargo simultáneamente de los asuntos de España y Cataluña en el extranjero.

Después vendrá la suplantación y, después de la suplantación, el cambiazo.

E se non è vero, è ben trovato…

Cuarenta y siete años y un día con Margarita

Soy una criatura  alienada, 

conozco a una mujer,

la divinizo y, a través de ella,

vislumbro la transcendencia.

Transcurridos cuarenta y siete años y un día,

soy una criatura alienada con vislumbres

Quim Torra exige valentía a Pedro Sánchez

El actual Gobierno de España, presidido por Pedro Sánchez, no sólo no ha conseguido imponerse a los separatistas catalanes y hacer que éstos actúen de acuerdo con la Constitución y sus leyes, sino que se ha visto obligado a aceptar sus tesis y seguir el camino que ellos le marcan e imponen.

Ahora mismo, el Gobierno de España está actuando en contra de la Ley por imposición de los separatistas catalanes.

A mi entender, ni Pedro Sánchez ni ninguno de sus ministros está a la altura de las circunstancias ni tiene la visión de Estado que se requiere en estos momentos para hacer frente a la perfidia de seres humanos como Quim Torra.

Para este ser miserable, traicionar a España y los españoles es un acto de valentía, el acto de valentía que él exige ahora a nuestro jefe de Gobierno.

¿Cuál será el próximo acto de valentía?

Los golpistas y el golpe del 1-O

La Fiscalía acusa a los golpistas del 1-0 de «haber atacado el corazón de la democracia española».

A mi entender, la acción de esos golpistas con sus secuaces y sus valedores constituye un ataque frontal, premeditado y deliberado a la esencia histórica, política y social de España, constituida en Estado de derecho con el nombre de Reino de España, toda vez que el propósito manifiesto y manifestado por los golpistas con su acción es  destruir España como realidad vigente.

La falacia del obispo

Según he podido leer últimamente  en varios periódicos españoles,  Xavier Novell, obispo de Solsona, ha declarado que «el derecho a decidir es superior a la Constitución».

En su declaración, que doy por fidedigna toda vez que no ha sido desmentida, el obispo menciona  un derecho -el derecho a decidir-, pero no menciona ni el sujeto ni el objeto concreto y específico de ese derecho: quién decide y qué decide.

A mi entender, la Constitución de un Estado de derecho, en este caso concreto el Reino de España, puede y debe entenderse como la plasmación  del derecho, ejercido por una comunidad humana,   a decidir su organización territorial, social y política, presente y futura,  para convivir en un marco legal propuesto y aprobado mediante votación por los miembros de esa misma comunidad humana a través de sus representantes, elegidos democráticamente.

Entiendo que toda Constitución es un derecho a decidir ejercido y, en consecuencia, convertido en acto.

Por lo tanto, no me parece correcto contraponer derecho a decidir y Constitución, dado que, en este caso concreto, la Constitución recoge el derecho a decidir ejercido por los miembros de una comunidad en cuanto ciudadanos  como acto libre y democrático con las garantías que otorga  el Estado de derecho y sólo el Estado de derecho.

Me inclino a pensar que, aunque no los menciona, el obispo de Solsona plantea casos que tienen que ver más bien con el incumplimiento de la Ley, la prevaricación y el perjurio  y que, a mi entender, pertenecen ya al ámbito de lo delictivo  y lo pecaminoso.

Si, como  muy  bien sabe el señor obispo, la Iglesia hizo suyo durante siglos  un lenguaje dogmático sin concesiones, los miembros de la sociedad civil de un Estado de derecho suelen utilizar el lenguaje propio de la comunicación entre iguales, habida cuenta de que toda sociedad democrática es en definitiva un universo de opiniones.

No obstante, aquí es norma utilizar un lenguaje apodíctico, en cierto modo el equivalente mundano del lenguaje dogmático de la Iglesia,  en asuntos relacionados con el Derecho público como son la formulación de las leyes y la exigencia de su cumplimiento por parte de los ciudadanos, doctrina que, en mi opinión,  el obispo de Solsona debe tener en cuenta si un día decide  ser un ciudadano honrado y leal  de un Estado de derecho llamado Reino de España.

Mientras tanto considero que el hombre de Dios falta a la verdad, pues, siempre en mi opinión, su declaración contiene una falacia: la falacia del obispo.