La casa misteriosa y la colonia de los superinos (2)

Miembros de la colonia de los superinos

Miembros de la colonia de los superinos

Atendidos con paternal solicitud y cariño por un miembro de la santa y caritativa Hermandad de los Menesterosos, los integrantes de la colonia, en número variable según día y hora, ni siembran ni tienen graneros…

La colonia está instalada en un solar que hay a la izquierda de la Casa misteriosa. La puerta que los protege de la intemperie tiene en la parte de abajo un rebaje a modo de gatera. Por él introduce el Menesteroso el condumio: tres suministros al día, todos los días del año. De acuerdo con el último censo realizado por Pájaro bobo, la colonia está compuesta por cinco superinos: dos blancos, dos atigrados y uno negro.

Pájaro bobo observa con creciente angustia que, a menudo, entre los hierbajos del asilvestrado solar yacen los tentáculos de grúas enormes. ¿Grúas de la construcción? Sí, grúas de la destrucción.

Mañana o pasado mañana, los tentáculos de las grúas con sus garfios de hierro penderán de lo alto como fatídicas espadas damocleanas, pero él ésta convencido de que volverá a producirse un milagro y, una vez más, la vida continuará. ¿Cómo, hasta dónde, hasta cuándo?

Dios proveerá…

La casa misteriosa y la colonia de los superinos (1)

la casa misteriosa

la casa misteriosa

Situada en una de las arterias más activas de la ciudad, la Casa misteriosa parece detenida para siempre en un momento de su historia, momento que podemos situar en torno a los años cincuenta del siglo XX. Para Pájaro bobo, que la contempla a diario desde su ventana atalaya, es la Casa de las tres cruces (nombre de la calle), y todo el que lo conoce —amigo o no amigo — sabe perfectamente cuáles son las tres cruces de este español irreductible.

Hombre acabado, hombre resucitado; hombre resucitado, hombre nuevo

Pájaro bobo se ha pasado toda su vida profesional entre libros. Entró en el mundo de la letra impresa por la puerta de la traducción y encontró en él gratificante y cómodo acomodo. La traducción le permitía leer, aprender y cobrar. Todo a la vez y repetido. Hubo un momento en el que, cautivado por tan suculento momio —cobrar por aprender—, renunció tácitamente a su secreta y frustrada vocación de escritor o, para ser menos inexactos, a sus vanidosas ansias de inmortalidad. A partir de ese momento dejó de leer para dedicarse a releer y dejó de escribir para seguir reescribiendo. Todo, o casi todo, en aras de la pasta gansa y los elogios que le dedicaba su jefe. Éste le distinguió con su amistad y, sin decirlo, hizo de él un asesor personal. El buen hombre quería que, cuando él se retirara, Pájaro bobo continuara en la empresa con un cargo de responsabilidad, y así se lo hizo saber a su sucesor, pero éste, que evidentemente tenía otra idea en la cabeza, le contestó: «El señor…. está acabado».

Corría el año 2000 de nuestra era. Pájaro bobo tenía entonces una más que aceptable posición profesional y económica, pero los nubarrones que iban acumulándose en el horizonte nacional y regional le hicieron tomar conciencia de su futuro a la luz de las reveladoras palabras del heredero y sucesor. Por eso, cuando le cortaron la luz y le dejaron a oscuras («adivina quién te ha pegado»), se quedó tan tranquilo y, después de instalarse en su búnker de pladur con ventanas a la calle, se puso a escribir para la poste.

Ahora, Pájaro bobo da las gracias a todos cuantos, a su manera, le ayudaron a enterrar el hombre acabado, a resucitar de entre los hombres acabados y, a través de la resurrección, a ser un hombre nuevo. Sin su colaboración, a todas luces decisiva y beneficiosa, no habría escrito ni éstas ni otras muchas líneas. El libro de la vida de Pájaro bobo es en parte obra suya.

 

Soberanía nacional y democracia

Pájaro bobo entiende que sin democracia ni hay ni puede haber elecciones democráticas. Y, como ni en Vascongadas ni en Cataluña hay democracia, ni allí ni aquí puede haber elecciones democráticas.

Pájaro bobo entiende que para que en toda España haya democracia lo primero que el Gobierno debe hacer es recuperar la soberanía nacional y reinstaurarla en todo el territorio español y, después, otorgar los derechos democráticos y constitucionales a todos los españoles, incluidos los que no se sienten españoles o no quieren serlo.

Pájaro bobo entiende que, mientras no lo haga, el Gobierno de España seguirá siendo cómplice de un delito: la usurpación de los derechos democráticos a los que se sienten españoles por los que no se sienten españoles en Vascongadas y Cataluña, pues esa usurpación ha contado en todo momento con la connivencia e incluso con la colaboración activa de dicho Gobierno, que la aceptado como un hecho consumado.

Pregunta ingenua e intempestiva: ¿puede y debe un ciudadano español llevar ante los tribunales al Gobierno de su patria por connivencia y colaboración activa con los que quieren destruirla?

Cosas del carallot Carod

Un interno se fuga de un manicomonio, roba un coche, se pone al volante y se lanza a toda velocidad, contra dirección, por la carretera. Como el pobre no sabe que está loco, que el coche es robado y que circula contra dirección, pone la radio. Al momento oye una voz que dice: «Atención, atención, un loco circula a ciento cincuenta kilómetros hora, contra dirección, por la carretera…» El pobre apaga la radio y comenta con sorna para su capote: «¿Un loco? Ya me he cruzado con más de doscientos».

En opinión de Pájaro bobo, lo malo no es que Carod sea un carallot (botarate) y tampoco que termine dándose un tortazo morrocotudo; lo malo es el daño que va a hacer y por el que no va a pagar, como no ha pagado ni, presumiblemente, pagará por el que ya ha hecho y consumado.

¡Adelante, subalterno!

El servidor de Pájaro bobo y un servidor de ustedes, de nuevo en forma

Superada la avería de su servidor, Pájaro bobo, servidor de ustedes, ha reanudado la actividad bitacórica: escribir mensajes, llenar lagunas y corregir errores, ora a la vez, ora sucesivamente y por estampas.

Sandías de árbol

Para Álvaro, placentino

Allá por los años de nuestra última posguerra, cuando la primera familia de Pájaro bobo vivía en la carretera de la Estación de Plasencia, él, apenas un rapaz, solía acudir, poco antes de anochecer, al puente de Trujillo, sobre el Jerte. Desde allí podía contemplar el río, escenario de sus andanzas [piscis era entonces y piscis volverá a ser después], la explanada de los chopos, a la que los del barrio llamaban el Cachón, y las lomas que se escalonaban y a continuación trepaban montaña de Santa Bárbara arriba. En el pretil del puente, lado de la estación, se reunía casi todas las noches de buen tiempo la pandilla del Blas, conocida en aquellos andurriales como la Jarca de las garullas o de los garulleros. Allí estaba el Rey, que comerciaba con arena del río y era aguerrido como un guerrero mameluco, el Mudo, que lo era de nacimiento y, las más de las veces, de conveniencia, el Jaime, dueño de dos carros y sendos tiros de mulas con los que se dedicaba a acarrear piedra, los Chinatos, oriundos de Malpartida, que tenían algo parecido a una tahona, el Belitre, que vivía y sobrevivía en el camino de la Chimenea sin que nadie supiera ni cómo ni de qué, el Vinagre, vecino del cerro de San Miguel que se dedicaba actividades tan lucrativas como el pillaje y el estraperlo, y media docena más de jambrinas crónicos e insaciables del mismo pelaje y parecida calaña. El capitán de la pandilla era naturalmente Blas, que, aparte de ser el de más edad puesto que pasaba de los treinta, tenía dotes de mando por haber estado en la guerra con los legionarios. Él se cuidaba de organizar las garullas en las noches de luna clara: un día a Santa Bárbara, donde había muchos huertos con sandías, melones y árboles frutales; otro día a la Pardala, conocida por sus higos y adonde se llegaba siguiendo la calleja que arrancaba junto a la vía de ferrocarril; otro día a la dehesa de la carretera de los Prisioneros, camino de Montehermoso, paraíso de raposas, liebres, conejos y lagartos; otro día….

La primera obligación de todo buen garullero, y allí, en los aledaños de la estación, todos los mozos eran garulleros, consistía en ahuyentar la gazuza cada día, como fuera y con lo que fuera. Después quedaban horas y horas para fantasear. Aunque con otro nombre, ya entonces la inmensa mayoría de las fantasías eran eróticas, seguidas de las triperas, aunque a menudo unas y otras se mezclaban y combinaban como en las ensoñaciones de todos los menesterosos.

Un día el Goriche, que no era de la pandilla del Blas pero compartía en buena parte su vida y sus aficiones, se apostó con un compiche que era capaz de comerse un pan de los de kilo en el tiempo que tardaba en dar una vuelta a la plaza del Ayuntamiento, por los soportales, mientras el pagano y donante le iba zurrando con una correa. Y se comió el pan. Pero, como queda dicho, allí la voz cantante la llevaba siempre el Blas, tanto cuando había que esquilmar y saquear el huerto y el gallinero del tío Amarillo como cuando se hablaba del mundo situado al otro lado del puente, donde ricos y personas de orden vivían en casas construidas a los pies del palacio episcopal, simbólica atalaya de paredes encaladas y estampa colonial.

Una noche, nada más sentarse, el Blas se puso a contar que había estado en el cine. Lo que él llamaba cine era en realidad un descampado con cuatro hileras de sillas de tijera y, delante de ellas, una sábana blanca colocada en alto a modo de pantalla. Pero el caso es que él había estado en el cine y había visto cosas que le habían dejado pasmao y a todos les gustaría ver y tocar. Según contó y recontó a sus subalternos, seguidores y admiradores, en una de las películas [siempre echaban dos] había visto una mujer desnuda, sí, completamente desnuda. Increíble. Al oírlo, uno de los suyos comentó con sorna que en la película no se veía ninguna mujer desnuda, porque estaba detrás de un biombo, pero el Blas le cortó como un rayo y le lanzó a voz en grito: «Tú no la viste, pero yo sí, porque me puse delante, a la izquierda, y la vi por el lado». Todos quedaron asombrados y naturalmente creyeron al Blas, que tenía fama de vivillo por sus estratagemas y su probada astucia para sorprender y burlar a campesinos, huertanos, guardias civiles y, si se terciaba, curas y frailes.

Aquella noche, el Blas explicó también, ahora con codicia de glotón en los ojos, que en la película de la mujer desnuda y el biombo salía una playa, una playa grande con muchos árboles. Él no sabía qué árboles eran, pero estaba seguro de que lo que colgaba de ellos eran sandías de árbol.

Idiolecto (II): la colonia de los tres superinos

Cuando Pájaro bobo se refugia en su espelunca, instintivamente echa mano de su idiolecto: palabras y expresiones con las que crea y recrea su mundo íntimo y más próximo. Él dice que el idiolecto es a la lengua lo que la lengua al lenguaje. Hablar es una facultad del género humano; el idiolecto, producto individual de esa facultad. Y sigue teorizando: de la misma manera que el lenguaje puede entenderse como la suma de todas las lenguas, una lengua puede entenderse como la suma de todos sus idiolectos. Hay tantos idiolectos como hablantes.

Yo hablo porque pienso, pero ¿puedo pensar sin palabras? Él dice que pensamos con conceptos y que los conceptos corresponden a palabras. Un concepto, una palabra; una palabra, un concepto. Al menos, en términos teóricos e ideales. Al menos, de momento. Acaso algún día…

Dado a esos juegos de la lengua (Sprachspiele) que cautivaban a Wittgenstein, Pájaro bobo dice que hay dos tipos de traducción: una vertical y otra horizontal. La traducción vertical —siempre y sólo de arriba abajo, siempre y sólo de lo metafísico a lo físico, siempre y sólo unidireccional— es aquella en la que una idea se transforma en palabra. La traducción horizontal, aquella en la que una palabra es sustituida por otra palabra. La traducción convencional es un intercambio de palabras pertenecientes a dos lenguas (o dos códigos) diferentes, pero situadas en un mismo plano y por lo tanto homólogas y paralelas; la traducción vertical es una transmutación. ¿Única? (Einmalig?) ¡EL VERBO SE HIZO CARNE!

A su modo de ver y entender, el misterio radica no tanto en cómo y por qué una idea consigue perforar la barrera de lo contingente e instalarse en una palabra y tomar cuerpo en ella cuanto en cómo y por qué la Idea primigenia consigue perforar la barrera de la nada y ser.

Cancamurrias y cabòries aparte, el idiolecto de Pájaro bobo está hecho, cómo no, de palabras de origen diverso; no pocas, propias y exclusivas. Las más queridas y también las más sustantivas y sustanciosas son las alumbradas entre las paredes de su universo familiar. Una de ellas es superino. Surgido al calor del contacto con los hijos, superino no figura en ningún vocabulario y en ningún diccionario; al menos, por ahora. En el hogar de Pájaro bobo se utiliza para designar una criatura que inspira cariño, ternura y/o compasión: un niño pequeño, un menesteroso, un animal desvalido… Como los tres gatitos a los que tiene por vecinos.

Delante de la ventana de Pájaro bobo hay una casa cubierta de hiedra. Parece detenida en el tiempo; por ejemplo, en los años cincuenta de ese siglo que ya es historia. A él le hace pensar en los edificios inhabitados de ciertas pinturas de De Chirico y, más concretamente, en la mansión que aparece en una película de Hitchcock. Misteriosa y decadente, con moradores que se dirían sendos fantasmas, la casa tiene a un lado un jardín y a otro un descampado. En él, cabe la puerta que da a la calle, se ha instalado una colonia de gatitos a los que un miembro de la santa y caritativa hermandad de los Menesterosos cuida y alimenta todos los días del año, incluidos domingos y fiestas de guardar. Un apat (del griego ágape) a primera hora de la mañana, un apat al mediodía, hora española, y un apat antes de irse a la cama, hora de las gallinas. Parece ser que el menesteroso, paso ligero de legionario y cara de feligrés jalamío, tiene a su cargo varias colonias.

Desde su atalaya, una ventana en una segunda planta, Pájaro bobo vigila que no les falte condumio a los tres gatitos. Son sus superinos.

Nota: Cuando Margarita regresa de la compra dice: «He visto a los superinos». Y cuando Ana llama desde los Madriles pregunta: «¿Como están los superinos?» El único que no quiere saber nada de ellos es nuestro caniche Blacky, que también es un superino.

«Yo soy el que soy»

Alguien dice en la TV: «Uno puede llegar a ser todo lo que sea capaz de ser». No está mal, al menos para los humanos. Sin embargo…

En la Biblia, Antiguo Testamento, se nos dice que Jehová dijo: «Yo soy el que soy».

Gracias, Margarita

Le ha traído los periódicos, le ha preparado el desayuno y, acompañada por Blacky, ha ido a ver a los superinos. Eso para empezar. Y así durante todo el día, todos los días, año tras año. Pájaro bobo tiene sentimiento de culpa. Menos mal que es animal agradecido. Gracias, Margarita, flor de una vida y de muchas más.